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Caral

Por Beatriz M. Restrepo

El primer asentamiento en América del Sur hizo lo que ningún otro en la historia: hacer de la palabra una acción, convertir el lenguaje en carne. A esta comunidad, llamada Caral, solo le hacía falta nombrar la «luna» para que se hiciera la noche. Con que alguien pronunciara «lluvia» al rato caían las gotas de aguas en sus cabezas. No hacía falta más que verbalizar y cualquier petición se materializaba. 

             En suma, el mundo para ellos era pensamiento y palabra, luego la realidad. A este poder transformativo los habitantes de Caral lo nombraron como el Creador. Puede decirse que es la primera de sus deidades. Quizás el padre de los otros dioses. Puesto que de él se nombran los demás. De él provienen la luna, el sol, la naturaleza, el agua, el fuego y la voz. 

                Los días para la población de Caral pertenecían al «no tiempo». Las madrugadas eran o kilométricas o fugaces, depende de la duración que decidieran en una que otra reunión. Solían pasar días enteros cuestionándose cada petición que lanzaban al aire. Lo mismo sucedía con las tardes, había quienes se encaprichaban con un ocaso de meses y, tal cual, el cielo se mantenía anaranjado por aquel tiempo. 

                   Tampoco hacía falta moverse y cazar, pues con mencionar algún fruto o un animal ocurría que la tierra se sacudía y salían árboles frutales y corderos, jabalíes y ciervos y diversos manjares de sus goces. Los niños decían «mariposas» para luego perseguirlas. Otros gritaban «flores» y frente a ellos se instauraba un jardín de aromas y pétalos que destrozaban para hacer pigmentos o sopa de flores. Todos, desde el más pequeño al más viejo, disfrutaban de materializar sus pensamientos, quizás los niños con menos pudor y con más aguda imaginación que los adultos. 

                    No les tomó tiempo darse cuenta de que la palabra tiene poder, que no debían ser arbitrarios con lo que se dice, no se puede desear algo que anulé otra cosa. Ante esto, las ancianas eruditas educaban a los pequeños en el arte de la Creación, les enseñaban que la palabra invoca, que nada en el mundo tiene igual poder que lo nombrado y lo que sale de la voz, y por lo mismo se debe ser cuidadoso con lo deseado. 

                    Pronto alguien cometería un error. Un día cualquiera, una pequeña le dijo a su padre, «Me gusta tu barba de arroyo, Tayta». Entonces nació la metáfora y consigo la palabra perdió su poder, y después de aquella imagen distorsionada ninguna otra cosa se volvió a materializar. Fue la primera vez que se cuestionó el significado de la palabra y también fue el punto de entrada a la trasgresión del lenguaje. 

                 ¿Cómo manejaba el Creador esta ocurrencia infantil? ¿Debía transformar la barba del hombre en un arroyo; o los arroyos cubrirlos de pelos en vez de agua? Ante tal contradicción, el Creador desapareció. Y, con él, su don. 

                   Sin otra opción tras su partida, la población de Caral volvió a la caza. Los deseos de los niños ya no se materializaron y pronto tuvieron que convivir con su imaginación. Sin embargo, las eruditas siguieron educándose en el don del lenguaje, y ahora con más fuerza. Con mayor estimación en el silencio y lo figurativo, lo que no se representa en la realidad. 

                 Y así como el viento arrastra con las hojas, la mugre y las semillas, el tiempo y la muerte arrasaron con las vidas del poblado de Caral. El pueblo de la palabra. 

Beatriz Restrepo es una aspirante a escritora de ficción originaria de Bogotá, Colombia. Su interés por las historias surge de la curiosidad por lo cotidiano y la exploración de las emociones humanas.

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