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Yo menstrúo: el gruñido del animal rojo

Por Betty Moreno

La jaula lingüística favorita que ha encerrado a nuestras antepasadas, y que seguirá por bastante  tiempo acechando a nuestras hijas, nietas y bisnietas, es la misma que crea una realidad escondida:  lo que no se nombra, poco a poco deja de existir en la mirada social. Esa jaula ha domesticado a  un animal vivo que muerde, incomoda y sangra. Un animal que, al liberarse, puede transformar lo  que pensamos del cuerpo femenino. Y si todavía no sospechas ni cuál es la jaula ni cuál es el  animal, daré aquí el primer paso de libertad lingüística: yo menstrúo.  

¿Qué pasa cuando una palabra es tan poderosa que la sociedad decide enjaularla? La  menstruación es un animal vivo, pero lo hemos domesticado hasta volverlo irreconocible. Le  hemos puesto disfraces con apodos, lo hemos teñido de azul en la televisión y lo hemos condenado  al silencio en las aulas. El lenguaje, que debería abrirle alas, terminó siendo un barrote. Así nos  hallamos prisioneros de metáforas: “la regla”, “los días”, “estoy enferma” o “Andrés vino de  visita”. Cada eufemismo es una cadena que aprieta su cuello. 

Y, sin embargo, hubo un instante en que la jaula se resquebrajó. Durante años, la sangre menstrual  fue sustituida por un líquido azul irreal, hasta que la marca británica Bodyform mostró lo que nadie  quería ver: rojo. En 2017, este anuncio fue reconocido por la BBC como el primero en televisión  en mostrar sangre menstrual roja, un gesto simbólicamente histórico (BBC News, 2017). Apenas  un destello de verdad, suficiente para que el animal asomara una garra. Pero el gruñido se hizo  más fuerte en 2019, cuando la marca australiana Libra lanzó una campaña aún más explícita. Las  escenas de sangre corriendo por una pierna fueron el punto de conmoción para que llegaran los  cazadores a atacar al animal: críticas que tachaban lo rojo de indecente, ofensivo, asqueroso. Como  si lo intolerable no fuera la sangre, sino el acto de mostrarla. Esa reacción no fue contra un  comercial: fue contra la libertad del animal que exige ser llamado por su nombre y mostrado con  su color. Muchas de las críticas alegaban una “protección” al público de imágenes demasiado  gráficas, para mantener la decencia televisiva. Pero esta supuesta protección alimenta aún más la  lógica del tabú, obligando a que la menstruación siga amordazada con un bozal.

¿Por qué tantas culturas han decidido que este animal nos indique que estamos listas para parir?  Mujeres latinas, público no menstruante, ¿cuántas veces no hemos sentido el silencio cultural que  nos envuelve desde la primera sangre? Ese día en que alguien, con sonrisa de sentencia, dice:  “felicidades, ya eres toda una mujer”. Esa frase no celebra: marca. Nos ata a una historia que no  empezamos a escribir nosotras. Tal vez lo ignoramos, pero esa frase remonta en culturas enteras,  donde empezar a menstruar es simbólicamente el paso a la maternidad potencial. Es como si desde  ese punto empezáramos a caminar del lado de este animal, con un letrero maternal encima. Durante  siglos, en comunidades quechuas, aymaras, mayas o mapuches, niñas de 12 o 13 años al menstruar  eran declaradas listas para casarse, para maternar, para cumplir un destino ajeno. Como si el animal  hubiera salido de la jaula solo para ser paseado con un collar que dicta obediencia. 

Pero no todo fue cárcel. En varios pueblos originarios, la menarquía también era ritual de poder:  conexión con la tierra, con los ciclos, con la espiritualidad femenina. Allí el animal era subido a  un pedestal, reverenciado, mostrado con orgullo. Y, sin embargo, incluso en ese pedestal había una  correa invisible: lo sagrado no borraba el control, solo lo disfrazaba de veneración. Como señala  Canessa (2012), esta sacralización funciona como mecanismo de control social, donde para las  comunidades andinas la menstruación se entiende como un lazo íntimo entre el cuerpo femenino  y la tierra, aunque esta conexión no elimina las tensiones de manipulación e impone limitaciones  simbólicas al cuerpo femenino. 

¿No es cruel que a este animal le pongamos un candado económico, obligando a tantas a elegir  entre comer o sangrar con dignidad? Como persona menstruante en Ecuador, me he preguntado  muchas veces cuánto cuesta cargar con este animal que no elegimos. Según la economista Daniela  Zárate (2023), una mujer necesita en promedio 323 toallas sanitarias al año, lo que equivale a 43,40  USD. Puede parecer poco, pero en un país con hospitales en crisis y familias que sobreviven con  salarios mínimos, esa cifra se vuelve un barrote más. En una casa donde sangran dos o tres mujeres,  el gasto se multiplica y la jaula económica aprieta más fuerte. 

El estudio también señala que muchas terminan usando las toallas por más tiempo del  recomendado, arriesgándose a infecciones graves. Ahí está lo inhumano: el animal no solo sangra,  también muerde. No basta con domesticarlo con eufemismos, ahora también lo amarramos a la pobreza, a la imposibilidad de elegir entre salud o alimento. La pobreza menstrual no es un  problema íntimo, es una condena pública que recuerda que el cuerpo femenino sigue pagando  facturas por existir. 

¿No es acaso la menstruación un animal también político, que gruñe cada vez que el lenguaje  intenta silenciarlo? Son demasiados los barrotes de una jaula que domestica la experiencia  menstrual y la vuelve vergüenza. Pero ahora que la vamos nombrando, adquiere poder. Y es aquí  cuando el gruñido se escucha: aparece lo político. Abrimos una discusión de acceso, impuestos,  pobreza menstrual y educación sexual. El animal, entonces, no solo sangra: también gruñe, exige,  reclama su espacio en la agenda pública. 

Latinas, sabemos que somos la mayoría de la población y, aun así, se ha ignorado descaradamente  la necesidad básica de acceso a una buena salud menstrual. Y no estoy hablando de ti o de mí  acostadas con el celular en la mano, con una copa menstrual o tampones cubriendo la boca de  nuestro animal, sino de quienes tienen que cubrirlo con una tela, lavarla y volver a usarla. De las  que deben elegir entre gastar en toallas o en el pan para el desayuno. Como menciona nuestra  amiga economista Zárate (2023): “Si bien Ecuador dio un paso esencial con la eliminación del IVA  a los productos de higiene menstrual, es necesario el apoyo a la Propuesta de Ley Orgánica de  Salud e Higiene Menstrual. La pobreza y las brechas de ingresos entre sexos son temas que deben  ser tratados, considerando la menstruación.” Y no es un problema local: en todo el mundo, millones  de mujeres cargan con esta misma cadena invisible. Liberar al animal no es solo nombrarlo: es  lanzarle los barrotes al aire para que pueda caminar en libertad y ser visto por el Estado, que tendrá  entonces la obligación de reconocerlo y cuidarlo, como se cuida a cualquier ser vivo. 

Liberar a este animal no es un gesto individual: es un acto colectivo. Cada palabra que lo nombra  es un barrote que se rompe, cada mirada que deja de avergonzarse es un paso afuera. No se trata  solo de mí, ni de ti: se trata de todas. Porque cuando una nombra, muchas escuchan; cuando una  rompe el silencio, el eco se multiplica. El animal que fue domesticado por siglos ya gruñe, ya  sangra, ya exige. Y mientras más voces lo llamemos por su verdadero nombre, más imposible será  volver a encerrarlo. La menstruación seguirá siendo sangre, dolor, a veces silencio; pero también  memoria, resistencia y fuerza. 

“La menstruación no será más vergüenza: será palabra, será derecho, será vida”.

Bibliografía

BBC News. (2017, octubre 19). Bodyform ad: First to show realistic red period blood on TV.  BBC News. https://www.bbc.com/news/uk-41666280 

Canessa, A. (2012). Intimate indigeneities: Race, sex, and history in the small spaces of Andean  life. Durham: Duke University Press. 

Zárate Aveiga, D. (2023). Pobreza menstrual en Ecuador: La importancia de proveer toallas  sanitarias gratuitas para una menstruación digna [Documento de posicionamiento]. Instituto de  Investigaciones Económicas, Pontificia Universidad Católica del Ecuador.

Betty Moreno, escritora ecuatoriana. Ingeniera de profesión y narradora por instinto, con la convicción de que nombrar lo silenciado también es una forma de transformar. Su escritura se nutre de la experiencia de la mujer latina y del cuerpo femenino, desde donde busca visibilizar realidades y romper tabúes, sin dejar de explorar otras formas de la experiencia humana.

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