La palabra en manada: lenguajes de protesta y resistencia en América Latina
Por Gomez Lara
En América Latina, la palabra no es un signo estático. Es un animal que se fuga de las aulas y de los libros, se impregna en los muros de la ciudad y ruge en las plazas. La palabra se multiplica en pancartas, en cantos colectivos, en hashtags que viajan como enjambres digitales. Se desliza en la voz de quienes marchan, se oculta en grafitis nocturnos, y aparece, indomable, frente a la represión. “El lenguaje es, en esencia, dialógico: cada palabra vive del contacto con otras palabras.”— Bajtín, M. (1979). Estética de la creación verbal. México: Siglo XXI.
Lo que comienza como un grito en una esquina de Santiago, Bogotá o Buenos Aires, pronto se convierte en un fenómeno transnacional. Como bandada migratoria, las consignas atraviesan fronteras y se transforman en símbolos compartidos. Así, “Ni una menos” deja de ser una frase local para convertirse en clamor continental; y “El pueblo unido jamás será vencido” resuena desde las dictaduras del Cono Sur hasta las protestas contemporáneas, adaptándose a cada contexto político.
Desde la mirada de las Relaciones Internacionales, esta vitalidad de la palabra revela un hecho central: los lenguajes de la protesta y de la resistencia no se limitan al ámbito nacional, sino que inciden en la diplomacia, en la imagen internacional de los Estados y en la construcción de solidaridades globales. En su condición de animal vivo, la palabra moviliza, desestabiliza y crea comunidad.
Este ensayo busca explorar cómo, en América Latina, la palabra-protesta actúa como un ser colectivo que desafía al poder y cruza fronteras, modificando tanto la política interna como la escena internacional.
En nuestro continente la protesta social se alimenta de consignas que actúan como rugidos compartidos. Las frases coreadas en una manifestación funcionan como un animal de manada: cada voz se suma a otra hasta generar un eco que supera a los individuos. De esta forma, la palabra no es simple instrumento de comunicación, sino un cuerpo vivo que se fortalece en comunidad.
Algunos ejemplos claros son los cantos en las marchas estudiantiles de Chile, el “Ni una menos” en Argentina, o las expresiones de resistencia indígena en Bolivia y Ecuador. La repetición y la musicalidad convierten la palabra en un ritmo colectivo que se opone al silencio que muchas veces imponen los poderes estatales.
Como los animales migratorios que siguen rutas invisibles, las consignas nacidas en una ciudad latinoamericana pronto viajan por toda la región. El hashtag #SOSColombia, por ejemplo, surgido en medio del estallido social de 2021, fue replicado en múltiples países y amplificado por la diáspora en Europa y Estados Unidos.
En el plano de las Relaciones Internacionales, esta circulación tiene un efecto concreto: visibiliza conflictos internos ante la comunidad internacional y presiona a organismos multilaterales, ONG y gobiernos extranjeros. La protesta se internacionaliza gracias a la palabra que viaja en redes sociales, medios transnacionales y foros diplomáticos.
La palabra, como un animal capaz de transformarse, cambia de piel según el contexto político. Conceptos como “libertad” o “democracia” no significan lo mismo en las calles de Caracas que en las de Santiago. Cada sociedad reinterpreta esas palabras de acuerdo con su historia y su coyuntura.
Esta metamorfosis no solo ocurre a nivel local: en organismos internacionales, los Estados latinoamericanos también intentan apropiarse de ciertos vocablos para legitimar sus políticas. Así, términos como “paz” o “derechos humanos” se disputan en el terreno diplomático, mostrando que la lucha por el sentido de la palabra es también una lucha por el poder.
La palabra en América Latina es un animal que se rehúsa a ser domesticado. En su forma de consigna, canto o hashtag, ha demostrado que no pertenece a nadie en particular, sino a la multitud que la invoca. Como manada, la palabra protege y da fuerza; como migración, rompe fronteras y denuncia injusticias; como metamorfosis, se reinventa una y otra vez para resistir al poder y para imaginar futuros posibles.
Desde la perspectiva de las Relaciones Internacionales y muchas otras carreras que tienen a Latinoamérica como enfoque, este carácter vivo de la palabra nos recuerda que la política no se limita a tratados ni discursos oficiales. Los gritos en las calles, las frases pintadas en los muros y las voces que circulan en redes sociales también construyen narrativas que llegan a los organismos internacionales, afectan la imagen externa de los Estados y generan solidaridades transnacionales.
La palabra, entonces, no es un mero signo. Es un ser vivo que late, se multiplica y se desplaza. Y en América Latina, ese animal indomable sigue rugiendo, recordándonos que el lenguaje no solo describe la realidad: la transforma.



