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Un Abrazo a Latinoamérica: Memoria, Resistencia y Supervivencia.

Por Valentina Silva

Nos quisieron arrancar la lengua como se arranca la raíz de un árbol para que no vuelva a crecer. Pero el lenguaje latinoamericano, animal salvaje, mordió y sobrevivió. Hablar es volver a ocupar el territorio que nos quisieron quitar y cada palabra que decimos es hoy una cicatriz que grita. 

Nuestro lenguaje no es simplemente una forma de comunicación, es una manera de compartir nuestro amor, pasión y dolor por nuestra cultura, por las penas que un europeo no entendería jamás. 

Pero entonces.. ¿Cómo se desarrolla realmente nuestro lenguaje y qué fuerzas invisibles lo moldean? 

Nuestro lenguaje nace. Pierre Bourdieu, sociólogo francés, estudia el lenguaje como un producto social y un instrumento de poder que está ligado a las condiciones de producción y la posición social del hablante, no un sistema neutral y abstracto. El desarrollo del lenguaje se entiende como la adquisición de un capital lingüístico, que es una forma de capital cultural que determina el estatus y las oportunidades de una persona en la sociedad, influyendo en quién es reconocido como un hablante legítimo y qué estilos de habla son considerados valiosos. 

Se trata de un poder simbólico ya que reproduce y legitima las relaciones sociales de dominación y desigualdad a través del poder simbólico. Quienes utilizan un lenguaje legítimo, autorizado por el grupo o clase social dominante, ejercen autoridad y prestigio, mientras que los lenguajes "no autorizados" son desvalorizados y censurados, perpetuando la jerarquía social. 

No resulta en absoluto sorprendente ni casual que hablemos de poder; este ha sido históricamente uno de los impulsos más persistentes del ser humano, y su presencia puede observarse con claridad a lo largo de la historia. En nuestra historia. 

América se conforma en un proceso claro; la codificación de las diferencias entre conquistadores y conquistados en la idea de raza, es decir, una supuesta estructura biológica diferente que ubicaba a los unos en situación natural de inferioridad respecto de los otros. Esa idea fue asumida por los conquistadores como el principal elemento constitutivo, fundante de las relaciones de dominación que la conquista imponía. 

En América, la idea de raza funcionó como un recurso para justificar las relaciones de dominación establecidas durante la conquista, jerarquizando también las formas de comunicación. La consolidación de Europa como entidad central y la expansión del colonialismo sobre otras regiones reforzaron una perspectiva eurocéntrica del conocimiento, que naturalizó tanto las diferencias raciales como la supremacía de la lengua europea. De este modo, el español y el portugués se

convirtieron en herramientas de poder, consideradas portadoras de ética y civilización. Históricamente, dominar estas lenguas implicaba aceptar y reforzar las estructuras de superioridad e inferioridad, vinculando directamente la construcción racial con la imposición cultural y lingüística. 

El idioma es compañero inseparable del género de vida de toda comunidad, y a la vez, su instrumento de coherencia y acción, su expresión y emblema de su carácter. Es un elemento en donde van fijando sus huellas las manos que lo manejan. Los españoles que vinieron a poblar estas tierras tenían como obvio modelo para constituirse en sociedad la organización de donde habían salido, y aquí trajeron, no sólo sus oficios y sus instrumentos de vida práctica, sino también sus artes liberales, universidades y colegios, libros e imprenta, ciencias y letras, religión e inquisición y una escala de clases sociales en que distribuirse. 

Nuestra cultura no fue tenida en cuenta, no porque no existiera, sino porque no era blanca, porque no tomaba el té en salones europeos ni vestía las ropas del conquistador. Nos negaron el derecho a existir en nuestra propia voz, nos despojaron de la dignidad de nombrar el mundo con nuestras palabras. Y esa herida, profunda y abierta, aún late en cada silencio obligado, en cada idioma perdido, en cada palabra que nos arrancaron. El idioma fue para ellos instrumento de civilización; para nosotros, cicatriz y cadena. 

La unidad de un idioma, de un dialecto o de un patois, se basa siempre en la constante labor de acomodación recíproca de los hablantes. La lengua castellana se nos impuso no como puente, sino como muro. Se convirtió en la piel obligatoria con la que debíamos cubrir nuestras lenguas originarias, consideradas “bárbaras”. El idioma colonizador fue, a la vez, el bisturí que nos abrió y la venda que nos cegó. Bajo él se nos exigió obediencia, se nos arrancó la risa y el llanto en nuestra lengua primera, y se nos forzó a hablar con palabras que no nacieron de nuestra tierra. 

“En estas ovejas mansas y de las calidades susodichas, por su hacedor y criador así dotadas, entraron los españoles, desde luego que las conocieron, como lobos y tigres y leones crudelísimos de muchos días hambrientos.” - “Brevísima relación de la destrucción de las Indias”, Bartolomé de las Casas, 1552 

Sin embargo, no podemos olvidar nuestra resistencia la cual no fue un episodio aislado ni una reacción circunstancial, sino un proceso profundo, diverso y tenaz que se desplegó a lo largo de siglos. Se manifestó en múltiples frentes: en los campos de batalla, en las montañas y selvas, en las aldeas y ciudades, e incluso en los tribunales y en las negociaciones con las autoridades coloniales. Estos actos de oposición no solo defendieron territorios y recursos, sino también lenguas, cosmovisiones, prácticas religiosas y estructuras comunitarias que los conquistadores intentaban suprimir. La persistencia de estas resistencias marcó el rumbo de la historia latinoamericana, recordando que la colonización nunca fue un proceso lineal ni absoluto, sino una tensión constante entre dominación e insumisión. A partir de años de lucha, de peleas sin fin y de resistencias dolorosas, nuestra lengua se alimentó, y lo hace hasta el día de hoy, absorbiendo todo tipo de ideología y cambio al que se tuvo que adaptar sin pensarlo dos veces. 

Con el tiempo, el inglés se convirtió en la lengua dominante en los Estados Unidos y en un idioma ampliamente utilizado en los negocios, la ciencia, la tecnología y la cultura. El surgimiento de los Estados Unidos como una potencia global después de la Segunda Guerra Mundial contribuyó en gran medida a la difusión de su idioma como lengua franca internacional, ya muy asentada y expandida por el imperio británico en los siglos anteriores. 

Hoy, esa lengua es considerada una de las más habladas del mundo, tanto por nativos como por quienes la adoptaron. Mientras nosotros sanábamos las heridas de la guerra y la conquista, aquellos que asesinaron y despojaron lograron expandirse, colonizar y consolidar su poder, haciendo de su idioma el más influyente, el “único válido”. Quien carece de dominio, siquiera básico, de esa lengua queda excluido, ignorado por el mundo; su voz pierde valor. 

Frente a esto, nuestra lengua mutó, como serpiente que abandona su piel vieja y desgastada. No se extinguió, sino que se adaptó, transformándose para sobrevivir en un territorio hostil, absorbiendo, resignificando y resistiendo. 

En países como México, en donde la situación es crítica y la vulneración de los derechos humanos es pan de cada día, se debe tomar toda medida necesaria para poder proteger a los nuestros. Estados Unidos es el principal destino migratorio del mundo, representando el 17,2% de todos los migrantes, a pesar de que alberga apenas el 4,2% de la población mundial. Las personas se las ingeniaron para dejar atrás una vida entera, con lágrimas en el corazón y sollozos en el alma, abandonando una nación que siempre permanecerá en su historia. Consiguieron nuevos trabajos y hogares, sirviendo a quienes, desde la posición del privilegio, los juzgan por pronunciar mal palabras que ellos aprendieron desde la infancia. Además de la población nacida en México, existen millones de mexicanos de generaciones posteriores, conformando un grupo demográfico diverso y culturalmente significativo en Estados Unidos. 

El Diccionario de la Real Academia Española (RAE) define al “spanglish” como “la modalidad del habla de algunos grupos hispanos de los Estados Unidos en la que se mezclan elementos léxicos y gramaticales del español y del inglés.” 

Por un instinto natural de adaptación al cambio y acoso, se estima que entre 35 y 40 millones de hispanos en Estados Unidos se comunican de esta forma. Hemos dejado de lado nuestra cultura, nuestras palabras, nuestros gestos de afecto y apodos familiares, todo en nombre de la supervivencia en un mundo capitalista que exige uniformidad para ser, quizá, tratado con igualdad. Miles de jóvenes, inseguros de su color de piel y acento, escondidos detrás de una familia que está igual de desorientada, y aún más asustada. 

El Spanglish no es una lengua celebrada en libertad, sino un balbuceo arrancado por necesidad, un híbrido nacido en la frontera del desarraigo. Suena como una cicatriz verbal, como un idioma desfigurado por el peso del despojo. Y, sin embargo, ¿qué otra cosa podían hacer los jóvenes que crecieron en tierras que no los querían? No se les puede culpar: sólo quieren sobrevivir, solo buscan hacerse oír aunque su voz esté quebrada. 

Hay en nuestra lengua un eco triste, una cadencia rota. Cada palabra inglesa incrustada en el español es como un recordatorio de que el poder blanco y xenófobo triunfó en arrancarles la raíz, pero no del todo: la lengua materna se resiste, persiste aunque contaminada, aunque mutilada. El resultado no es limpio ni puro; es un lenguaje mestizo forzado, que a veces inspira asco por lo que revela: la pérdida de lo propio, la derrota cultural inscrita en cada sílaba deformada. 

 

Pero el asco no es hacia quienes lo hablan; víctimas de una maquinaria que les cerró todas las puertas, que les negó la posibilidad de vivir en su lengua plena. Se vieron obligados a inventar un idioma que no pidieron, pero que les permite nombrar el hambre, el trabajo precario, la exclusión escolar, el miedo a la deportación. 

Lo trágico es que allí, en esa lengua rota, late también la dignidad de quienes se niegan a callar. Si el Spanglish suena a dolor, es porque nace de éste; si sabe a pérdida, es porque carga con la memoria de lo que fue arrancado. Y aun así, en medio del desprecio de las élites y del racismo que lo generó, persiste como testimonio de una resistencia amarga, hecha de supervivencia más que de elección. 

“El que mis libros estén presentes desde hace años en Latinoamérica no invalida el hecho deliberado e irreversible de que me marché de la Argentina en 1951 y que sigo residiendo en un país europeo que elegí sin otro motivo que mi soberana voluntad de vivir y escribir en la forma que me parecía más plena y satisfactoria” -Carta a Roberto Fernández Retamar escrita por Julio Cortázar en 1967. 

Así, y poco a poco, nuestro lenguaje también muere. El tehuelche reducido a rezos marginales, el querandi acallado en las aulas, el chané convertido en ruina arqueológica. Cada idioma perdido es un universo que se apaga, un horizonte que ya no se puede imaginar. Cada derrota nos recuerda la discriminación, la violencia, la interrupción de la transmisión intergeneracional y la imposición de lenguas dominantes que llevan a la pérdida conocimientos ancestrales y la riqueza cultural de los pueblos originarios. 

En Latinoamérica se hablan aproximadamente 550 a 560 lenguas indígenas, de las cuales más de un tercio se encuentran en peligro de desaparición. La vulnerabilidad de las lenguas guarda una relación estrecha con al menos tres factores: el racismo y la discriminación en contra de las personas, sociedades y conocimiento indígena; el incumplimiento por parte del Estado de la legislación vigente (que debería proteger, fomentar y visibilizar a las lenguas indígenas); y la interrupción de la transmisión intergeneracional de las lenguas. 

Y a pesar de todo eso, a veces el lenguaje sobrevive. Sobrevive incluso en sus formas heridas que aunque nos provoque pena y desgarramiento, demuestra que la lengua nunca se rinde: se adapta, se transforma, encuentra grietas en las murallas del poder para seguir nombrando. Sobreviven los idiomas que aún hoy se hablan, contra todo pronóstico. El quechua en Perú, el guaraní en Paraguay, el maya en Yucatán, el mapudungun en Chile. Sobreviven en las casas, en las canciones, en la vida cotidiana. Sobreviven porque cada hablante que pronuncia una palabra en su lengua ancestral rompe el círculo del silencio impuesto. 

La muerte de algunas lenguas no debe cegarnos al hecho de que otras resisten, tercas y vivas. Allí está la prueba de que no todo se perdió: hay pueblos que no renunciaron a hablarse en su propia voz. Y esa terquedad es una victoria. El lenguaje es la forma más radical de supervivencia y mientras se escuche una sola palabra heredada de los abuelos, mientras un niño aprenda el saludo de su pueblo en vez del saludo del amo, hay futuro. 

En definitiva, la lengua en Latinoamérica no es sólo un instrumento de comunicación, sino un organismo vivo: un animal que nace, se alimenta de la memoria y la experiencia de sus hablantes, que muta al contacto con otras lenguas y culturas, que muere cuando es abandonado o prohibido, pero que también puede sobrevivir, adaptarse y renacer en nuevas formas. El español y el portugués constituyen lenguas centrales en la conformación de la identidad latinoamericana. Han acompañado nuestra historia, nuestra literatura y nuestra vida cotidiana, y han sido adoptados, resignificados y enriquecidos por los pueblos de la región. Reconocer su valor no implica ignorar la violencia histórica con la que se impusieron durante la colonización; al contrario, implica comprender cómo estas lenguas, aunque originadas en un proceso de dominación, se convirtieron en herramientas de comunicación, creación y expresión cultural que hoy forman parte de nuestra identidad. 

Valorar la lengua implica observarla en su ciclo vital: reconocer lo que se perdió, honrar lo que sigue vivo y celebrar la capacidad de adaptación que permite que las palabras continúen nombrando el mundo. Nuestra Latinoamérica es un ecosistema lingüístico donde cada voz, cada idioma, contribuye a la riqueza y diversidad de este animal colectivo. La pluralidad de lenguas, memorias y experiencias demuestra que, pese a las heridas del pasado, el lenguaje no se extingue: sobrevive, evoluciona y sigue latiendo en la identidad de quienes lo hablan. 

Valorar nuestras raíces significa reconocer la fuerza y la riqueza de quienes fuimos y somos. Significa mirar con respeto a nuestros antepasados y entender que cada palabra pronunciada en nuestra tierra es un testimonio de resistencia, creatividad y memoria. Estimar nuestras raíces es también reivindicar nuestro poder, el poder de hablar, de nombrar, de transmitir y de crear, aún frente a siglos de imposición y despojo. 

Apreciarlo no es un acto de nostalgia: es un acto de amor y de afirmación. Es comprender que nuestra historia, nuestra lengua y nuestra cultura son un poder que nos pertenece y nos define. Y mientras sigamos recordando, pronunciando y creando, Latinoamérica seguirá viva en cada palabra, en cada gesto y en cada voz que se niega a desaparecer. 

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Valentina Silva es escritora e investigadora argentina. Estudia Ciencia Política y se enfoca en dar explicación a procesos históricos, políticos y sociológicos con el fin de que quien no estudia las ciencias sociales también pueda leer una variedad de autores. Puedes encontrarla en Instagram @valu.sillva

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