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Entre la palabra viva y el texto frío

Por Gabriel González Morera

Recientemente me integré a un taller de escritura en mi biblioteca local, muchos de los  que estamos ahí somos escritores en miras de lograr publicar en un futuro. Un futuro que a  veces parece muy lejano. Sin embargo, dentro de mi corta estadía en el taller he conocido a  gente fascinante con quienes he entablado conversaciones riquísimas acerca de la literatura  y de la lengua. Como parte de una amplia tarea asignada, tuve que entrevistar a un escritor de  mi país, Costa Rica, que a su vez comparte conmigo el mismo lugar donde nacimos, Alajuela,  una de las siete provincias de esta pequeña nación. La amena conversación que tuve con él,  Rodolfo, ha quedado resonando en mí desde hace un tiempo y tiene directa relación con el  tema de la palabra como un animal, como una esencia viva, como un ser con total capacidad  de cambio y adaptación. 

 

Rodolfo, quien en realidad se considera escritor hasta hace unos cinco años, tiene  como oficio principal el ser cuentacuentos. Desconozco si en otros lugares de América Latina  la tradición oral posee una fuerza literaria reconocida, pero aquí en Alajuela, sí que la tiene. El  cuentacuentos es casi imprescindible para la cultura y la identidad alajuelense; tanto que  abundan maestros y maestras del relato oral en cada festival, y los teatros se abarrotan de  espectadores que buscan que les cuenten cuentos. Pero en fin, recuerdo que en la  conversación que tuve con el cuentacuentos resonó lo que él denominó como “la palabra  viva”, este concepto se quedó divagando entre mis pensamientos y será una discusión  ampliada acerca del mismo lo que intentaré traer a colación en este ensayo. Además, analizaré  la importancia de la tradición oral literaria como parte “viva” de las lenguas y las culturas (sobre  todo en Latinoamérica) y relacionaré aspectos lingüísticos con las características biológicas  propias de los seres vivos.  

En primer lugar, y dialogando un poco con lo dicho anteriormente, existe una marcada  diferencia entre esa “palabra viva”, y lo que se puede considerar como el “texto muerto”. Es  más sencillo definir el segundo de los términos, pues considero que se encuentra en casi toda  la literatura. Ojo, sin afán de desvalorizar a todas las formas de expresión literaria. El texto  muerto lo encontramos al abrir cualquier novela, cuando la autoría ya ha predispuesto la  lengua para nosotros, cuando solo nos corresponde leer. El relato ya se encuentra  “masticado”, de primera mano por un editor o un filólogo, y de segunda por nuestros conocimientos previos acerca del texto. Ejemplos de esto mismo sobran en la literatura; desde  la preciosas ediciones de Catedra donde primero se examina lo que otros han dicho acerca del  mismo libro, el texto se consume ya un poco masticado. El lenguaje, en este caso, se encuentra  ya “muerto” (haciendo la analogía animal), es un objeto inanimado: se puede abrir y cumplir  su función de ser leído, o no, da lo mismo, el lenguaje se encuentra ahí. Sin embargo, tampoco  me atrevería a decir que se encuentra completamente muerto, aseveración muy contundente;  más bien, se encuentra limitado. El texto y su lenguaje todavía pueden ser (y deben ser)  interpretados por un lector en su contexto y bajo sus conocimientos. A lo que me refiero que  es no se puede interactuar con el lenguaje de un texto, salvo excepciones más experimentales.  De esta manera, el lenguaje en la literatura propiamente “textual” y en otras expresiones es un  platillo que se sirve frio. 

Ahora bien, la “palabra viva” se construye a partir de lo contrario al texto frio. El uso de  “palabra” no es para definir otro sinónimo, cumple su función bajo el punto de vista del  cuentacuentos en representación de las expresiones orales de la literatura. No es texto, no es  relato, no es escrito, no es obra. Es lo repentino, lo vivo, lo impredecible. Como un animal que  huye salvaje de una jaula a la que llamamos pensamiento, la palabra se encuentra viva porque  sale improvisada de la boca del cuentacuentos, y llega a nosotros los espectadores de forma  más directa. Literalmente, en los espectáculos de los cuentacuentos, estamos de forma  personal contemplando crear vida a partir del lenguaje del artista; desde sus variaciones en  tonos, desde su cambio de voz para denotar otro personaje, desde la carga emocional distinta  que le da a cada frase (lo que sugiere en nosotros matices que el texto frio no logra), desde su  interacción con el público, desde el escenario que también reconoce su existencia. De esta  manera, se puede asociar la palabra viva a la narración, mientras que el texto frio se manifiesta  mediante el escrito. Narrar y escribir, palabras que pueden utilizarse como sinónimos; pero  dentro de este dialogo corresponden a maneras diferentes de observar a la lengua. Escribir se  relaciona más con un acto calculador, de anotación, más calmado; y sin embargo, presupone  una pausa, una distancia entre yo y el texto, un autor inexistente (muchas veces muerto ya) y  yo dialogando en solitario. El lenguaje está ahí en la hoja, sí, pero tampoco salta cual conejo.  Por otra parte, narrar es un acto mágico, efímero, juguetón. La palabra viva refuerza el aquí y el  ahora, no como el texto frio que puede esperar; se puede dejar de lado un libro para continuarlo  después, pero no se puede huir de esa fuerza predatoria de la palabra viva. Al cuentacuentos  no podemos ponerle esa pausa, al contrario, revaloriza la experiencia del presente.

Como segundo punto, ampliemos la cuestión: la palabra viva no corresponde  únicamente al cuentacuentos, de manera global, se asocia a la tradición de literatura oral. Desde la antigüedad el ser humano ha sido el narrador de muchísimas historias, pero  precisamente por su valor efímero es imposible conservarlas; sin embargo, ejemplos como los  poemas atribuidos a Homero (la Ilíada y la Odisea) son de las pocas muestras de literatura oral  que llegan hasta nuestros días. Ahora bien, en América Latina nos encontramos con una  amplia producción de literatura oral que mantiene viva la palabra; desde cuentos, fábulas,  mitos, leyendas y poemas que se han transmitido verbalmente durante quien sabe cuántas  generaciones hasta perdurar en nuestros días. Estas expresiones cimentan sus raíces en las  culturas autóctonas y ancestrales de América Latina, de esta manera, se construyen como  herramientas para conservar la memoria colectiva de estos pueblos y enriquecen tanto como  rescatan la identidad cultural latinoamericana. Ejemplos de la tradición oral latinoamericana  se encuentran: el Popol Vuh como uno de sus mayores exponentes (aunque después fue  pasado a escrito), y algunas leyendas costarricenses tienen su origen en relatos indígenas,  tales como la leyenda del Dueño del Monte, la Tulevieja o el Micomalo. Aquí es donde yo me  pregunto, ¿Acaso estas tradiciones orales de la literatura no constituyen la manera más  cercana de entender al lenguaje como un organismo vivo? 

Pongamos esta idea en perspectiva. Contexto histórico: una América antes de la  conquista y colonización española, un mundo selvático dictado totalmente por las leyes de  una naturaleza implacable. Una completa vorágine natural, sobre todo en zonas de  Centroamérica donde no había grandes ciudades como sí en México o Perú. En ese mundo  vivieron nuestros antepasados, envueltos en un ecosistema verde muy claro, pero también en  noches verdaderamente oscuras, nunca vistas por una sociedad con alumbrado eléctrico. Por  consecuente, en ese contexto es que surgen todas estas tradiciones orales que conocemos de  América Latina; desde las que ya mencioné antes, hasta leyendas y mitos que compartimos  con leves variaciones en los países como la Llorona o la Cegua. Todas estas expresiones de  tradición oral surgen de la intervención e interacción de los pueblos indígenas con la  naturaleza, con esa parte viva de América. El lenguaje se construye a partir de la comprensión  o del miedo al organismo vivo natural. Observar con tus propios ojos, escondido entre la  exuberante selva, a un animal enorme que ruge o grita, nunca antes visto, y después idear a  flor de piel las palabras adecuadas para expresar a tu comunidad que fue lo que viste. Eso  corresponde al lenguaje vivo, al que se comienza a crear sobre la marcha de nuevas 

experiencias, al que comienza a buscar cómo expresar de manera adecuada una idea. El  lenguaje vivo se comienza a cimentar bajo ese empeño creador que nos impulsa a indagar en  nuevas formas de expresar lo que sentimos, y de esta manera, el lenguaje se encuentra latente porque, paradójicamente, responde y dialoga con nuestra propia existencia. Es decir, el  lenguaje se encuentra vivo porque nosotros lo estamos también.  

 

En tercer lugar, la discusión logra enriquecerse más si incluimos los componentes  lingüísticos del lenguaje. Aquí la línea entre las hipótesis científicas que estudian  estrictamente a los seres vivos y las lingüísticas de los idiomas del mundo comienzan a estar  más difusas, ¿hasta qué punto la lengua cumple con características biológicas propiamente  atribuidas a los seres vivos? Por ejemplo, todos los seres vivos se encuentran organizados en  su interior por células, cada una realiza una función indispensable; de la misma manera, el  lenguaje se encuentra formado por células más pequeñas, como los morfemas o los fonemas,  unidades básicas de la lengua que unidas entre sí crean palabras y significados. Otro aporte,  por ejemplo, sucede en la noción de que cada ser vivo tiene su ciclo vital, es decir, nace, se  desarrolla y muere. Por su parte, con las lenguas del mundo sucede lo mismo, tal como el  español que nace a partir del idioma protoindoeuropeo (o por lo menos eso apuntan las teorías  más aceptadas); el español después ha tenido su desarrollo a lo largo de los siglos, para  muestra se pueden leer las primeras páginas del anónimo Cantar de mío Cid compuesto  alrededor del año 1200 y observar un español radicalmente diferente al actual. Aunque el  español diste de ser una lengua muerta, las lenguas sí mueren, caducando en el proceso su  ciclo de viva y afectando a los conocimientos únicos de una comunidad. Aquí en Costa Rica se  han extinto lenguas indígenas como el huetar o el chorotega. Otra característica fundamental  de los seres vivos es que se adaptan al entorno y evolucionan con el paso del tiempo, con el  lenguaje sucede lo mismo. El español del siglo XXI no es el mismo que el de hace mil años, ni  siquiera es el mismo del siglo pasado. Esto sucede porque la lengua evoluciona y cambia a lo  largo del tiempo, tanto que el idioma ha visto desaparecer palabras o términos que en algún  momento fueron recurrentes de usar, pero por el contexto cultura y social, cayeron en  arcaísmo. No solo eso, al igual que un ser vivo, el lenguaje se adapta también a las medidas  históricas de la época que habita; prueba de ello es el reciente debate con respecto al lenguaje  inclusivo en el español. El lenguaje inclusivo es, por así decirlo, una adaptación del español  que responde a las necesidades ignoradas y al contexto actual de ciertos grupos poblacionales, especialmente, la comunidad LGTBIQ+. No será la única adaptación que tendrá el español en los futuros años ni tampoco la última en abrir ese debate con respecto a los usos  del lenguaje; sin embargo, estas discusiones (para bien o para mal) solo continúan probando  que la lengua es un organismo vivo que lo construimos todos los hablantes de la misma. De  esta manera, podemos entender al lenguaje como un animal en tanto ambos se conforman de  estructuras más pequeñas, crecen, se desarrollan, se adaptan y evolucionan a lo largo del  tiempo. 

Para finalizar, y volviendo al punto de partida con esa diferenciación entre la palabra  viva y el texto frio, podemos afirmar que el lenguaje se encuentra vivo en cada uno de nosotros,  en cada niño que imagina una historia, en cada adulto que les canta una canción a sus hijos,  en cada cuentacuentos, en todos los escritores y escritoras que utilizan un lenguaje palpable  que se siente vivo. Dejando de lado las cuestiones más lingüísticas que puede dar un poco de  miedo, en realidad, este ensayo es una invitación. Una invitación a rescatar esas historias  propiamente que se transmiten de forma oral, esas que se experimentan de primera mano,  esas que se viven muchísimo más que el frio relato del papel. Es, también, una invitación a  escuchar a ese pariente que siempre cuenta historias loquísimas en una noche de Navidad, a  escuchar los consejos de una sabia abuela, y por supuesto, a asistir a funciones de los  cuentacuentos (que dudo mucho no existan en el resto de América Latina). Finalmente, es una  invitación general a contar, contar cualquier cosa. ¡No tengan miedo, cuenten historias!

Gabriel González Morera es, en realidad, estudiante de letras. Sin embargo, es también un escritor aficionado costarricense, principalmente de narrativa breve y ensayo. El gusto por la lectura lo ha acompañado desde niño, y ahora, se ha contagiado de la escritura y de la creación literaria.

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