top of page

Pronúnciame

Por Bénjamyn Montanno

Desde pequeña no sabía si hablar era besar o si besar era pronunciar; la lengua, esa espada de doble filo, me llevaba siempre a un lugar donde no había división entre el deseo y la palabra. Al inicio fue solo un roce: Una sílaba que se atrapó entre mis dientes, acariciando mi paladar como un secreto húmedo, le siguió un hambre, la certeza de que cada palabra podía ser un cuerpo y que cada cuerpo un lenguaje propio que me hacía doler la boca.

 

Cuando le nombro, no sé si digo su nombre o si me entrego a él. Algunos besos se escriben sin labios, en la forma en que la voz tiembla y se ahoga antes de salir. Hay palabras que son como caricias, como uñas mordidas llenas de saliva. Los idiomas son como amantes invisibles, muerden por dentro, lamen mis silencios y derraman su aliento en mí cuando guardo silencio. No me tocan con sus manos, sino con fonemas. No me desvisten con sus dedos, sino con verbos.

 

A veces se me penetra el pecho con una palabra brutal, a veces apenas siento las caricias de un susurro dicho y yo solo los recibo enteros, porque no sé amar de otra manera que no sea dejar que me pronuncien. Quisiera expulsar, escupir, quedarme sin lengua, pero en el vacío solo crece su deseo, y en su deseo vuelvo a abrir la boca, a entregarme debajo de su piel, a su beso, como si mi voz no fuera otra cosa que un gemido eterno.

 

He intentado vivir en silencio, pero en silencio en vez de paz, es abstinencia, cuando no me pronuncian el cuerpo me tiembla, como si las sílabas fueran de las drogas, las más dulces y crueles. Resisto hasta que la lengua vuelve a buscarme y me abre la boca con la fuerza de quien sabe que siempre regresaré. 

 

Aunque he amado a muchos idiomas y en cada uno me he perdido, cada uno ha sido diferente, uno me acarició como si fuera eterno, pero se deshizo como huellas en la arena, otro me mordió hasta hacerme sangrar y aún conservo la cicatriz en el paladar, hubo uno que me prometió calma, pero sus palabras eran espejismos: las decía y ya estaban muertas. 

 

Y yo a todos los recibí, igual que un demente que elige beber veneno sabiendo que hay agua, porque no sé amar de otra manera que no sea hundirme en la voz del otro, abrirme a su gramática hasta sentir que la piel me arde. Cuando no hay un idioma el cual me atraviese, me siento hueca. 

 

Hay noches que repito palabras a solas, tocando mis labios, como si pudiera fingir su presencia. Me abrazo a la resonancia de mi propia voz, imaginando que es la suya, pero no es suficiente yo no quiero mi resonancia, quiero la voz de ellos, quiero esa lengua que se enrosca y me posee hasta dejarme sin aire. 

 

Claro que sé que esta entrega no es amor, es necesidad, el lenguaje me toma con la paciencia de aquel que conoce cada herida y cada marca, me pronuncia como quien clava un cuchillo, me nombra como quien marca a fuego y yo dejo que me queme, porque me encanta la sensación y me hace encontrar sentido. 

 

A veces pienso que no soy yo quien habla, sino ellos, los idiomas, los amantes invisibles. Soy apenas un cuerpo que vibra para que suenen, un instrumento roto que insiste en tocar la misma melodía.

 

Hay momentos en los que me pregunto si alguna vez amé a alguien o si siempre fue el lenguaje quien me tendió la trampa. No recuerdo besos ni palabras, ni cuerpos ni sonidos, todo lo que he sentido ardía primero en mi lengua antes de tocar mi piel. 

 

He confundido amantes con idiomas, caricias con fonemas, promesas con sílabas, ellos juraban eternidad, pero lo único eterno en mi es la voz con la que me devoraban y yo, crédula, me entregaba como si pudieran salvarme de mí misma (¡Qué estúpida!). 

 

A veces pienso que no me amaron nunca: que lo que amaban era pronunciarme, abrirme como una boca dispuesta, moldearme con la saliva de sus frases, no buscaban mi corazón, sino el eco que dejaba al vibrar en mí. Aunque para ser sincera yo tampoco a ellos los ame.

 

He perdido la cuenta de cuántas veces creí que estaba enamorada, cuando en realidad estaba poseída. No era un hombre, ni una mujer, ni siquiera su piel: era el lenguaje que me reclamaba con cada gemido, disfrazándose de voz.

 

Y entonces me asusta la pregunta: ¿Soy yo quien habla o la que le hablaban? ¿Soy yo quien ama o solo un recipiente donde el lenguaje se derrama?

 

He sentido que me abren en dos con una sola palabra brutal, que me quiebran con un acento mal puesto, que me acarician con un susurro que dura menos que un parpadeo y aun así sigo buscándolo, sigo suplicando que me digan, que me nombren, que me atraviesen con el filo de su voz, porque sin ese filo no existo, sin esa mordida quedó en silencio y el silencio me pudre más que cualquier herida.

 

Ahora escribo porque no me queda de otra, porque los idiomas han chupado mi sangre hasta dejarme seca y mi tiempo ya se mide en respiraciones cortas, con letras que se apagan. No es que no quiera seguir, es mi cuerpo el que ya no puede, cada palabra me arranca un poco más de aliento, cada recuerdo me pesa como si fuera el último. 

 

Por eso confieso: Para dejar escrito lo que pronto ya no podré pronunciar, para que, cuando mi lengua se calle del todo, al menos alguien escuche en estas páginas lo que me consumió. 

 

FIN

Bénjamyn Montanno es un escritor y artista independiente mexicano. Su obra abarca poesía, narrativa y proyectos multidisciplinarios en los que explora la memoria, el tiempo, la identidad y la sociedad contemporánea. Con un estilo íntimo y reflexivo, busca tender puentes entre lo personal y lo colectivo, lo cotidiano y lo simbólico. Puede encontrarse en Instagram como @hollowbxnjx._mr.

¡Suscríbete!

Regístrate con tu dirección de correo electrónico para recibir noticias y actualizaciones.

¡Apóyanos!

Puedes apoyarnos a nuestro proyecto a través de donaciones
bottom of page