El guardián de la bestia
Por Ramses Lancaster
Del cielo había recibido un oficio que, con los siglos, se volvió pesado. Måne debía cuidar a las criaturas que no pertenecían ni al bosque ni al mar, sino al aire que vibra entre los labios: los idiomas.
Al inicio fue humana: piel morena, piernas largas y un delgado torso. Al ganarse el favor del cielo le fue otorgado dones que la apartaron de los suyos: visión para reconocer el temblor de una palabra recién nacida, oído para captar el último respiro de una lengua que caía en silencio. Desde entonces los animales se agolparon en torno a ella: grandes bestias cubiertas de piel sonora, aves luminosas que estallaban en cantos, enjambres de insectos que murmuraban en rincones invisibles.
Cada criatura tenía un pulso distinto. Algunas se alzaban como gigantes que nadie creía capaces de morir. Otras apenas eran un destello, frágiles como semillas arrojadas al viento. Måne las miraba multiplicarse y desaparecer con idéntica paciencia. Y aunque su corazón se endureció con la pérdida, nunca dejó de estremecerse cuando un rugido se apagaba para siempre.
El nacimiento de una lengua era un estallido inconfundible. No era llanto ni canto, sino un crujido semejante al de una rama que se abre camino entre la corteza: primero un balbuceo, después un galope ligero, y al fin un coro que se enhebraba en la garganta de los hombres. Måne temblaba al escucharlo, con el recuerdo lejano de haber tenido también una lengua propia, de haberla probado en su niñez.
El final, en cambio, se reconocía de inmediato. Una lengua enferma comenzaba a jadear: sus animales se arrastraban pesados, los ojos opacos, la piel descamada. Algunas resistían siglos enteros, como tortugas que avanzaban apenas unos pasos. Otras se desmoronaban de golpe: un rugido interrumpido, un silencio que quedaba colgado en el aire. Cuando eso ocurría, Måne extendía sus brazos y sentía el cuerpo tibio de la criatura apagarse en su regazo. Y lo peor no era la muerte, sino mirar abajo, a la tierra, y descubrir que nadie parecía notarlo.
Tenía un jardín apartado, un refugio que el cielo le concedió para acoger a los moribundos. Era un jardín hermoso, casi tanto como la tierra de donde el cielo la había tomado. Allí descansaba un cóndor llamado Kawésqar, que apenas abría las alas para comer. A su lado yacía una danta de mirada profunda llamada A’ingae, que soñaba acostada en la hierba húmeda. Había reptiles, aves, insectos que cargaban nombres olvidados. Måne recorría aquel rincón día tras día, sabiendo que, al volver la vista, siempre faltaría uno.
En ocasiones, un milagro sucedía: una criatura enferma se incorporaba y volvía a cantar. El ʻŌlelo Hawaiʻi, que durante un tiempo apenas respiraba, se levantó un día y comenzó a nadar con la lentitud digna de la tortuga longeva que era. A Måne le brillaron los ojos con ese renacimiento; se permitió llorar, aunque fuera un instante, de alegría.
Aun así, el rencor le quemaba por dentro. ¿Por qué habían confiado a los humanos el destino de sus criaturas? ¿Por qué ella, que tanto las amaba, solo podía velar y no salvar? Cuando una bestia se derrumbaba, ella gritaba al cielo, y nadie respondía. Observaba abajo a los hombres y los odiaba, pues cada silencio, cada desdén, cada abandono era un golpe contra el pecho de los animales.
Sin embargo, también había gratitud. Porque eran ellos, los mismos que olvidaban, quienes a veces recordaban: un niño que repetía una palabra, una anciana que cantaba en secreto a sus nietos, un viajero que recogía un sonido antes de que desapareciera. Entonces un insecto batía sus alas y el aire se llenaba de un zumbido luminoso.
Måne sabe que no puede torcer el destino. Su deber no es dictar la voluntad de la tierra, sino acompañarla. Cuidar, llorar, alegrarse, vigilar. Ella lo entiende, aunque no se resigna.
Y cuando cae la noche, se sienta junto a sus criaturas y piensa en los hombres que hablan, callan, recuerdan y olvidan. Sabe que la verdadera muerte de sus bestias no ocurre en su jardín, ni siquiera en el cielo, sino en la boca de aquellos que se niegan a pronunciarlas.
Porque cada vez que una lengua se apaga en la tierra, no es el animal el que muere, sino la memoria del hombre que decide callarlo.



