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El quetzal un gran guardián

Por Elizabeth Argueta Dominguez

En los pueblos de Guatemala, cuando cae la tarde y el humo del comal sube lento como plegaria,  las abuelas suelen decir que las palabras no son de piedra ni de aire, sino más bien son como aquel  animal que entre verde hojas y nubosos bosques su plumaje brillante deja ver. Que cada sílaba  respira, vuela, corre,se esconde o canta como un animal salvaje. 

 

Eso pensaba Ixchel, una muchacha de trece años que vivía en un caserío escondido entre montañas  verdes y cafetales húmedos llenos de olor y color que adornaban las orillas del río Cahabon. Le  gustaba repetir en voz baja las historias que escuchaba en el mercado: los murmullos de los  comerciantes, los caficultores, las regañadas de las madres, los secretos de los enamorados. Sentía  que cada palabra que atrapaba tenía alas y era capaz de transportarla a un mundo maravilloso donde  se creía todo era posible en aquella pequeña comunidad. 

 

Un día, mientras ayudaba a su abuela Flor a desgranar el maíz, oyó un extraño pero encantador  canto. No venía del viento ni del río cercano, sino de entre los cafetales aromáticos que la rodeaban.  Sigilosa, dejó el canasto y caminó hacia el monte. Allí, en la rama más alta de un cedro, la esperaba  un majestuoso quetzal, con el pecho rojo encendido y la cola larga como un río de jade. 

 

El ave no huyó. Al contrario, la miró fijo, como si ya la conociera. Y entonces habló. 

 

—Ixchel, guardiana de palabras, escúchame. La lengua es un animal que nunca muere, pero puede  enfermar. 

 

La niña tembló. Nunca había oído un ave hablar, aunque las historias de su abuela siempre decían  que los quetzales llevaban sabios mensajes de los ancestros. 

 

—¿Cómo puede enfermar una palabra? —preguntó sorprendida. 

 

—Cuando se usa para herir y no para sanar. Cuando se olvida de dónde viene. Cuando los pueblos  dejan de nombrar las cosas en su propia lengua. 

 

El quetzal batió sus alas y un remolino de hojas danzó alrededor. Ixchel sintió que una fuerza  invisible le abría el pecho y le sembraba algo nuevo: la certeza de que debía cuidar las palabras  como el campesino cuida su milpa, como la madre cuida a su niño recién nacido, como un jaguar  cuidada de su bosque y como el agua cuida de sus peces. 

 

En el pueblo, la lengua materna estaba desapareciendo. Los ancianos hablaban Q’eqchi, pero los  jóvenes, avergonzados, usaban solo el español olvidando sus raíces y dejando morir su idioma e  identidad. En la escuela les habían dicho que el otro idioma no servía para progresar. Ixchel, sin  

embargo, comenzó a repetir en secreto las palabras antiguas que escuchaba en boca de su abuela:  Ti’ k’alam que significaba la comida está lista, Wa k’ala, El agua es fría, Inwan que quiere decir  adiós. 

 

Cada palabra aprendida le parecía un animal distinto. “B’antiox” era como un venado que se  asomaba tímido al claro. “Wa k’ala” brillaba como un pez plateado. Y “Xuq’” latía como un colibrí  atrapado en las manos.

 

Una noche soñó con un bosque inmenso y nuboso donde todas las palabras eran criaturas. Había  jaguares hechos de frases, mariposas de sílabas, serpientes de consonantes. Y, en lo alto, volaba el  quetzal, cuidando de que ninguna se extinguiera. 

 

Pasaron los meses, y los adultos comenzaron a notar algo raro. Ixchel hablaba distinto, como si sus  frases tuvieran más fuerza. Cuando contaba una historia, hasta los perros se quedaban quietos  escuchándola. 

 

Un día, en el mercado, un hombre alto, de cabello negro y vestido con un traje sastre oscuro llegó  desde la ciudad. Ofrecía dinero a cambio de tierras y quería que los campesinos firmaran unos  papeles que no entendían. Muchos estaban a punto de aceptar. Entonces Ixchel, con apenas trece  años, se adelantó. 

 

—No firmen —dijo, en Q’eqchi’ primero, y luego en español—. Este hombre no viene a ayudarnos,  sino a quitarnos lo que tenemos. 

 

El extraño se enfureció. Nadie le había explicado los papeles a la gente del pueblo. Pero Ixchel  había sentido en las palabras escritas un veneno, un animal enjaulado que intentaba morder. Supo  leerlo sin saber leerlo. 

 

La gente la escuchó. Se negaron a firmar. El hombre se marchó furioso, y los vecinos miraron a la  niña con respeto y admiración como si de una guardiana sagrada se tratara. 

 

Esa noche, el quetzal volvió. 

 

—Has protegido a tu gente con la lengua —le dijo—. Pero recuerda: la palabra es animal libre. No  debe ser encadenada ni usada sólo para la pelea. También sirve para cantar, para curar, para  nombrar lo sagrado. 

Ixchel comprendió. Desde entonces, cada tarde enseñaba a los niños más pequeños palabras en  Q’eqchi. Les contaba que decir “B’antiox” o decir “gracias” no era lo mismo: que cada idioma  guarda en sus entrañas un modo distinto de mirar el mundo. 

 

Poco a poco, los patios volvieron a llenarse de voces antiguas. Los juegos, las canciones, las  plegarias recuperaron su fuerza. Y aunque algunos en la escuela se burlaban, los niños empezaron  a sentir orgullo de lo que eran. 

 

Pasaron los años. Ixchel creció y se convirtió en maestra en su comunidad. Sus alumnos no solo  aprendían matemáticas y escritura, sino también los cuentos que vivían en la montaña. Ella les  enseñaba que cada palabra tenía un espíritu: unas eran como zorros astutos, otras como venados  nobles, otras como jaguares que daban miedo y respeto. 

 

El quetzal, sin embargo, ya no aparecía en carne y pluma. Solo en sueños. A veces le susurraba  consejos; otras, guardaba silencio. Pero Ixchel sabía que seguía allí, volando en la espesura,  cuidando que las palabras no murieran. 

 

Un día, mientras caminaba hacia la escuela, Ixchel encontró en el suelo una pluma verde brillante.  La levantó y sintió que latía como un corazón. Sonrió. Sabía que el quetzal no se había ido, sino  que la acompañaba siempre, invisible, escondido en cada palabra viva.

 

Y así entendió el secreto que repetiría a sus alumnos hasta el final de sus días: 

 

La palabra es un animal, y cuando la cuidamos, canta. Pero si la abandonamos, se  convierte en silencio. Y el silencio, cuando se impone, es la verdadera muerte. 

Elizabeth Argueta Domínguez, de 19 años, nació en Quetzaltenango, cuna de la cultura guatemalteca. Descubrió su pasión por la literatura a los 8 años tras un concurso escolar. Desde entonces explora cuentos y poesía, abordando la vida, la cultura, el amor y las emociones. Actualmente se encuentra en búsqueda de espacios donde pueda publicar sus obras y transmitir el valor que tiene la escritura para la juventud.

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