top of page

El poder de las palabras

Por Nélida Berumen

Nací en este bosque. Lo primero que vieron mis ojos fueron las copas de sus árboles y lo primero que probé fueron sus sagrados frutos. Es todo lo que conozco. Es enorme y creo que no tiene fin.

Cada árbol fue cuidadosamente plantado. Sus copas son tan altas, sus troncos tan gruesos y sus raíces tan firmes que es inimaginable un mundo sin ellos. Cada árbol es una palabra, estas nos nutren, nos mantienen con vida. El líder es quien las sembró y quien se encarga de mantener el bosque vivo. Claro que no lo hace solo, tiene a la guardia forestal, sus leales servidores que entienden la importancia de las palabras tanto como él. Ellos nos protegen y se aseguran de que nadie se quede sin su ración de palabras. Justo hoy desayuné un gran fruto de “obediencia”. 

 

El guía nos concede unas cuantas semillas que cultivamos en la escuela. Hay quienes también las plantan en sus casas. Dice que este bello bosque no viviría sin nuestro apoyo porque: ninguna palabra crece en tierra infértil, y como él dice, nosotros creamos la tierra. Sus palabras no tendrían el mismo impacto sin nuestra ayuda. Por eso me enorgullece que mi mata sea la mejor cuidada del salón. 

 

Me gusta recorrer el bosque en busca del final, aunque podría ser infinito. Si tienes suerte, podrás ver alguna que otra flor silvestre antes de que sea aplastada. Porque no puede florecer ni una palabra que no haya sido sembrada por el líder, o caer una hoja si no es su voluntad. Una vez vi una antes de que la arrancaran: “cuestionar”.  Siempre presto atención por si aparece otra, son bonitas.

 

Antes mi amiga y yo trepábamos los grandes árboles con la esperanza de ver más allá del bosque desde las alturas. Pero un día llegó demasiado alto y regresó muy lastimada. Los guardias la llevaron de vuelta a casa. Dijeron que cayó de las ramas, pero que estaría bien siempre y cuando no volviera a hacerlo. Antes de irse me regalaron una palabra que probé por primera vez: “miedo”. 

 

Sus heridas se curaron, pero su ánimo no sanó. Desde entonces cada vez que la idea de subir a los árboles cruza mi mente se me revuelve el estómago.

Ahora busco el final del bosque a pie. Hoy he caminado más lejos, a donde nadie se atreve a llegar. Doy una vuelta sobre mis talones orgullosa cuando veo un par de árboles caídos a la distancia. Corro hasta ellos y me sorprende encontrar que mi vista no se equivocó. ¿Cómo caerían si son tan fuertes? 

 

Entre sus ramas alcanzo a distinguir la entrada a una cueva que nunca antes había explorado. Me escabullo entre ellas, recibo un par de rasguños, pero logro pasar. Camino en la oscuridad hasta que llego al campo más hermoso jamás visto. El sol resplandece con tanta intensidad que debo entrecerrar los ojos. No hay árboles, pero está repleto de coloridas flores y vivos arbustos. Las ganas de reír, correr y saltar se apoderan de mí. Creo que nunca me había sentido tan feliz. 

 

Entonces las veo, entre los arbustos, las palabras más brillantes de todas. Tomo uno de los pequeños frutos fascinada. Respiro hondo, cierro los ojos y lo arrojo a mi boca. Mi paladar se llena de el jugo más fresco y delicioso de todos. Como unos cuantos más con emoción y guardo las semillas. Quizás pueda sembrarlas en casa, no nos vendrían mal más palabras. Esta jamás la había probado: “libertad”.

 

De vuelta en el bosque los árboles lucen distintos, oscuros, incluso tenebrosos. Los rayos del sol no son capaces de atravesar sus hojas. El aire que respiro de pronto me hace sentir atrapada. Algo me dice que el bosque nunca se verá igual. 

 

El tiempo pasa y no dejo de visitar la cueva. Me doy cuenta de algunas cosas: de lo desabridas que son las palabras del bosque, de lo poco que la oscuridad nos deja ver y más importante: de las espinas. 

 

No lo había notado antes, pero hay espinas en todos lados. La gente sangra a nuestro alrededor, nos lastiman a todos. Pero nadie parece darse cuenta. Es como si estuvieran soñando despiertos, y es el líder quien controla estos sueños. Basta con que diga: “Nuestro bosque es el más precioso de todos” para que no veamos las espinas. Incluso yo estaba sumida en este sueño hasta que probé los frutos de aquel campo. Aquellas palabras me hicieron ver cosas que antes no veía. 

 

Los árboles que cubren la entrada de la cueva ya no están. Antes de imaginarme por qué, me encuentro con el campo hecho cenizas. Ya no hay más flores, no más arbustos, no más palabras. Me echo a llorar hasta que se me acaban las lágrimas. Vuelvo a casa destruida, pero nace de mi pérdida algo más: ira. Ellos lo hicieron, ellos destruyeron el paraíso. Quiero gritarles, quiero destruir sus palabras como ellos destruyeron las mías, pero es cuando me doy cuenta. No podré borrar sus palabras, el bosque entero es sus palabras. ¿Cómo cambiar algo que ha sido así desde siempre? El poder que tienen sus palabras sobre nosotros es algo contra lo que no puedo luchar. Porque no importa lo que haga, aún nos alimentan, aún somos tierra fértil. 

 

Pero nuestro bosque liderado por la armonía entierra secretos. No solo desaparecen las flores silvestres o los arbustos, quienes los plantan también lo hacen. Pero nadie lo nota. Un discurso del líder basta para que lo olviden. Nunca han sido solo palabras, son nuestra vida.

Desde que descubrí lo que ocurre con aquellos que buscan cambiar el bosque nada ha vuelto a ser lo mismo. No dejo de pensar cómo permitimos que nos arranquen tanto. Veo las semillas que he guardado y tiemblo ante la idea de que la próxima podría ser yo.  

Me olvido de llegar al final del bosque, el peligro que refiere me aterra. ¿Quién dice que no me condenará el líder y lo ocultará tras palabras bonitas? 

Hasta que me encuentro con un arbusto. Es de esas palabras brillantes, aquellas que no veía desde hace tanto. La pruebo y se me escapan un par de lágrimas. “Esperanza”, es el fruto. 

Decido que plantaré mis propias semillas, las que guardé de mi paraíso y las de este arbusto. Correré el riesgo, cueste lo que cueste. Sin importar cuantas veces las arranquen, me encargaré de que logren florecer. 

Comienzo a compartir las palabras con la esperanza de abrirle los ojos a las personas, y funciona. 

Unidos, luchamos por acabar con el líder que ha lastimado a tantos. Lo dejaremos sin palabras, así al fin despertará la gente. La única manera de hacerlo, es quemar el bosque. 

Mi arbusto comienza a convertirse en árbol cuando llegan por mí, yo soy la próxima. No soy lo suficientemente rápida, me alcanzan su ira y sus espinas. Caigo a las raíces de mi árbol, ¿Quién lo regará ahora? ¿Logrará florecer? O ¿Jamás crecerá, como yo?

Veo mi sangre correr y se me revela la respuesta: nadie podrá cortarlo. Antes de que me olviden dejaré este árbol para el líder, uno del que no importa cuánto intente jamás podrá deshacerse. Me rompe el corazón pensar que nunca vi más allá del bosque, pero me consuela saber que lo último que veré no será uno de sus árboles, será el mío, será mí palabra. Se me escapa con mi último suspiro una pregunta: ¿Podría mi sangre encender el fuego?

 

“Rebelión”. Esa es la palabra sobre la que yace mi cuerpo sin vida.

Nélida Berumen es una estudiante mexicana que dedica su tiempo libre a la lectura y escritura, pues cree que en estas todos podemos encontrar una voz. Por el momento, no cuenta con redes sociales públicas.

¡Suscríbete!

Regístrate con tu dirección de correo electrónico para recibir noticias y actualizaciones.

¡Apóyanos!

Puedes apoyarnos a nuestro proyecto a través de donaciones
bottom of page