El muso
Por Emiliano Montes
Una vez alguien (que no recuerdo quién fue, a decir verdad), dijo que la creatividad viene de un pequeño muso, uno chiquito, tan testarudo y mal encarado que sacarle un poco de su talento era tan difícil como bajar una estrella del cielo. Los pocos que habían conseguido sacarle el más mínimo gruñido o murmullo, eran aquellos que habían hecho grandes cosas. Ya saben, escribir un gran libro, hacer una gran película, ganar un super bowl, etc. ¿Cómo encontrar al muso? Bueno, eso era igual o más difícil que hacerle hablar. A algunos les tomaba años, otros, de plano, se pasan la vida buscando a aquel pequeño ser de malas formas y mala cara.
Claro que el muso a veces podía ser bastante caprichoso, por no decir que juguetón. Y es que, pasarse la vida entera buscando al próximo gran genio, a la próxima gran escritora, al nuevo gran director. Bueno, digamos que después de un rato aquello le aburría al muso. Al fin y al cabo, todos tenemos sueños, ¿no? ¿por qué iba a perder su tiempo escuchando las plegarias de la gente? ¿por qué iba a hacerle caso a todos los que se creían merecedores de esas palabras flotantes, vivas, llenas de algo que no se puede explicar? Así que cada tanto el muso decidía irse, escabullirse entre las montañas de concreto que eran los edificios de las ciudades, volar entre la gente, a través del viento, a través de las palabras de las demás personas, que hablaban y hablaban entre sí. Eso era lo que de verdad le divertía. Las palabras.
Aunque en exceso las palabras le parecían un desperdicio. Algo banal incluso. No. El muso no se divertía con cualquier palabra. Adoraba a la gente callada, a la gente trémula a la hora de soltar siquiera el más mínimo sonido. No es que fueran mejores personas, pero, si sabías escoger, si sabías observar, solo ellas eran capaces de tocarte con su lenguaje.
Pero ser callado no te significaba un poco de atención del pequeño muso. Ohh no, por favor, no fueras a cometer semejante error. En realidad al muso le gustaba la gente rota. Eran más honestos, más sensibles. Estar roto te otorga una especie de derecho, aunque parezca que no. ¿Qué derecho? El de sentir más. La gente rota siente más pero confía menos, y confiar menos muchas veces significa decir menos. No es que la gente rota sea muda, no, pero… hay algo especial en ellas, una melancolía, una que no desaparece, que los rodea día y noche, que nada entre ellos como un pececito y que al muso, aburrido de la vida, adoraba montar.
Y fue justamente allí, en uno de esos cuerpos trémulos de melancolía, donde el muso encontró a Emiliano.
Más tarde que temprano, Emiliano se había dado cuenta que, si había un sitio cruel en este mundo, ese era la ciudad de México, donde por momentos, días incluso, parecía que nunca llegaba el sol, aun cuando éste caía con todo su aplomo y toda su barbarie. Nadie se iba a apiadar de ti, y nadie iba a llorar por ti. Pero eso no importaba, o al menos no mucho, y es que, de igual manera, más temprano que tarde, Emiliano había aprendido que lo único que hacía la diferencia en una ciudad así era la capacidad de levantarte y seguir: “Levántate”, “Levántate”, “Levántate”. Eso era todo. Si te caías, te levantabas, si te asaltaban, te levantabas, si alguien abusaba de ti, te levantabas, si tu trabajo o escuela era una mierda, te levantabas.
Pero así como las palabras pueden convertirse en algo banal y vacío de manera rápida, el mero acto de levantarse también puede pasar de ser un acto de esperanza a uno de supervivencia. Y sobrevivir no es vivir. ¿Pero cómo puede vivir alguien tan cansado? Hay un punto en el que te apagas, en el que ya no hay nada que decir o que expresar, y el pececito de melancolía y palabras se desvanece. ¿Qué hacer cuando nadie te escucha y lo que dices muere en el aire, cuando pides ayuda a gritos pero nadie comprende, y entonces ya no sabes si las palabras que liberas y que vuelan son las incorrectas, o es que a la gente simplemente no le importa atraparlas en medio del vuelo?
Fueron en esos días, cuando la ciudad parecía tragárselo todo, justo cuando esas palabras que tanto adoraba el muso empezaban a dejar de salir y lo único que parecía haber entre la garganta de Emiliano y el exterior era un cosquilleo molesto, lleno de muerte; que una palabra aparecería para cambiarlo, una muy simple. Y es que una tarde el muso se enamoró de Emiliano, ¿por qué o cómo? eso pregúntaselo a él.
Las palabras tienen forma, o al menos así siempre las ha visto el muso. Son como chispas que se moldean y se transforman de un momento a otro. Pueden ser avispas, venenosas y rencorosas, o como moscas, sucias y necias. Pero también pueden ser curiosas como un gato, leales como un caballito de mar, y, sobre todo, pueden reconocer.
Fue ella quien lo notó primero, recostada sobre esa mesa blanca, con el cabello alborotado, casi que quebrado, y esos ojos avellana, profundos como los de un búho, y rodeada del muso. No dijo nada, pero su mirada se posó en Emiliano como quien espera el momento justo.
Y entonces habló.
¿Lo que dijo? Algo simple, un hola que no exigía nada, que no demandaba ni siquiera una respuesta, solo lo reconocía, lo tocaba. Por primera vez, la ciudad dejó de aplastarlo, y el cansancio que había sentido se transformó en algo que podía sentir, algo vivo. Porque a veces es lo único que uno quiere, que lo reconozcan. ¿Y quién mejor que el muso para entender las palabras?
¿Qué mejor que una palabra para salvar a alguien?



