El cazador
Por Kendra Navarro
Decían que en las montañas del norte vivía un hombre extraño, un hombre dedicado a cazar palabras, pues desde niño comprendió que el lenguaje no era inocente. Atrapaba gritos en frascos de vidrio, guardaba canciones en jaulas, coleccionaba discursos en costales de cuero y plegaba en las vitrinas las carcajadas. Todo lo clasificaba con precisión obsesiva, convencido que al atrapar el lenguaje atrapaba también la esencia de la vida.
Con el tiempo, su casa se convirtió en un hermoso museo sonoro, miles de palabras dormían bajo su control, clasificadas como animales, sin embargo el cazador no se sentía satisfecho, siempre había algo que se escapa de sus manos. El silencio.
Al principio, lo buscaba en los templos abandonados o en cementerios oscuros. Pero cada que se acercaba, aparecía un ruido mínimo. Era como si el silencio existiera solo hasta que alguien intentara poseerlo. Entonces lo entendió, entendió que el silencio no estaba afuera, sino dentro de él. Y allí el silencio era aún más feroz.
Lo había perseguido desde la noche en la que su esposa murió repentinamente, dejándolo con un grito ahogado en la garganta. Nunca se permitió llorar en voz alta después de eso. Calló por vergüenza, por miedo. Más tarde vino la mudanza, la ciudad donde había crecido fue devorada por la modernidad, por el ruido de autos y máquinas, y él, se marchó del lugar cargando muebles viejos y recuerdos rotos. Nadie le preguntó si de verdad deseaba irse y él tampoco diría nada. Otro silencio. Otro animal escondido bajo la cama. Pero lo peor llegó cuando sus hijos crecieron. Uno a uno lo abandonaron, no con palabras duras sino con silencios largos, secos, los silencios más crueles que cualquier reproche. Nunca se atrevió a preguntarles por qué se alejaban. No los detuvo. No los busco. Se limitó a cazar palabras ajenas mientras las suyas se pudrían en su garganta.
El silencio se volvió su sombra.
Con los años dejó de ser él el verdadero cazador, fue el mismo silencio quien empezó a tragarlo. Primero le devoró los recuerdos luminosos, la voz de su esposa, quizá también el calor de un hogar y con ello la risa de sus pequeños hijos. Después se adueñó de su sueño, sus pensamientos, de los pequeños rincones donde solía refugiarse.
Una madrugada, exhausto, se vio rodeado por la presa que tanto había perseguido. El silencio no tenía cuerpo, pero era denso tal cual como una presión en los huesos. El hombre entendió que no podría cazarlo, ni ahora ni nunca. Comprendió que toda su vida había sido una huida de su propio
vacío interior. Cazar palabras no había sido más que un ritual para escapar de aquello que lo habitaba. El silencio no era su enemigo, era la herida que se agrandaba dentro de él cada que evitaba escucharse.
Desde entonces, la gente cuenta que permanece inmóvil en la plaza central, con los ojos cerrados y la boca sellada. Y aunque parecía muerto, no lo está. Alrededor de él todo se volvió distinto, los vendedores bajaron la voz, los niños jugaban sin gritar, incluso las campanas suenan apagadas. El silencio había encontrado un cuerpo espejo, pues los pocos que se atrevían a voltear, podían sentir el escalofrío de sus pensamientos al desnudo, sus palabras nunca dichas, sus secretos enterrados. Algunos huían aterrados, otros quedaban asustados al conocer al que guardaba todos sus secretos y algunos otros se absorbían, eran cazados por el silencio, quien los consumía lentamente, dentro de su propia mente.



