Lenguas de carne
Por Melanys García
En algún lugar del mundo existió un pueblo con habitantes excéntricos y extraños.
Ellos solo podían comunicarse hablando; no existía otra forma.
Los signos les resultaban ajenos, como si fueran gestos sin sentido, y nunca los compartieron como un modo válido de comunicación.
En ese lugar nació un niño que no emitió ni un solo sonido al nacer.
Tampoco cuando cumplió un año.
Ni a los dos.
Ni a los tres.
Ni siquiera a los cuatro.
El niño seguía sin hablar.
Alejado de la sociedad, sin amigos con quién jugar, solo vagaba triste por las calles.
Su familia también fue excluida del pueblo, aunque él nunca entendió el motivo.
A veces, las calles se ensanchaban y lograba distinguir el murmullo de los árboles:
Shhh… shhh…, como si las hojas bailaran y las ramas se estremecieran en secreto.
Nunca comprendió por qué escuchaba aquello cuando alguien abría y cerraba la boca frente a él.
Ese movimiento extraño, ese sonido que nunca pudo atrapar.
Por las noches, mientras todos dormían en sus cómodas camas de sábanas de algodón,
Él se escapaba.
A la luz de la luna, se sentaba en un viejo columpio y se mecía hasta el amanecer, esperando que algún dios lo mirara.
Una deidad que se apiadara de su alma.
Que le permitiera hacer el mismo sonido extraño que hacían los demás.
El niño deseaba comprobar si era tan raro pronunciarlo como lo era escucharlo.
Un día decidió ir a una vieja cabaña, donde había visto a niños de su edad.
Pensó que allí, tal vez, no sería el único extraño.
Pero apenas intentó mostrar su alegría, los demás se rieron de él.
Su intento de comunicación se transformó en sonidos ásperos, como un crujido metálico:
Chzzzz… chzzzz…
Al escucharlos, algo dentro de su cabeza se estremeció con violencia.
Sus pequeños oídos amenazaban con estallar.
El zumbido no cesaba:
Chzzzz… chzzzz… shhhh… chzzzz…
El niño salió corriendo, con lágrimas en los ojos, hasta el mismo columpio viejo.
Allí, desesperado, comenzó a danzar bajo la luna, porque ya no encontraba otra forma de gritarle al mundo.
Así pasaron nueve días.
Sus pies sangraban.
Su cuerpo dolía.
Pero no dejó de moverse, no dejó de implorar.
Los sonidos del pueblo se mezclaban en su cabeza como un enjambre hirviente.
Blah-blah, shhh, chzzzz…
Y él, con su danza, intentaba contestarles.
Al final, el cansancio lo venció.
Se sintió torpe, inútil.
Y lloró hasta quedar dormido.
Al amanecer, su pecho ardía.
La garganta se le había secado como arena bajo el sol.
Corrió hacia su madre, deseando llorarle su derrota,
Pero cuando lo intentó, de pronto, de su boca brotó un sonido.
—¡He fallado! —gritó.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Rió, lloró, celebró con ansias aquel milagro.
Por fin había pronunciado palabras.
Pero al ver el rostro de su madre, su alegría se quebró.
Ella lo miraba con horror.
Como si en lugar de un hijo, tuviera frente a sí a un monstruo.
Una aberración.
—¿Mamá? —susurró él, acercándose.
Pero su madre no respondió.
Sus labios se movían, pero de ellos no salió ningún sonido.
Solo un silencio abismal, perforado por un eco extraño:
Shhh… shhh…
El niño comprendió, entonces, que su madre ya no podía hablar.
Y que lo poco que intentaba decir, él no lograba entenderlo.
El lenguaje que había recibido como don era desconocido para todos.
Incluso para ella.
Desesperado, corrió hacia la cabaña.
Se arrodilló en la tierra y gritó a los cielos:
—¿Acaso juegan conmigo? ¿Qué le han hecho a mi madre?
Y para su sorpresa, una voz le respondió:
—Dijiste que querías hacer el mismo sonido que los demás, y eso te he concedido.
—¡Entonces por qué mamá no me entiende!
—Porque ahora ella también escucha el “shhh” que tanto deseabas.
El niño se desplomó.
No entendía por qué todos sus esfuerzos lo habían llevado a sufrir más.
Por qué incluso ahora, con palabras, el mundo le seguía siendo ajeno.
Los sonidos lo rodeaban, pero ya no significaban nada.
No escuchaba nada.
No sentía nada.
Su pecho comenzó a arder con un furor insoportable.
Un golpeteo se repetía sin descanso dentro de él:
Tucu… tucu… tucu…
Cada latido era un golpe contra su propia carne,
Como si quisiera abrirse paso hacia afuera.
El niño regresó con su madre en un último intento desesperado.
Quiso explicarle el dolor que lo consumía,
Pero de sus palabras no nació ninguna respuesta.
Solo el mismo silencio cruel.
El latido crecía.
Tucu-tucu… tucu-tucu… tucu-tucu…
Su pecho se estremecía como una puerta a punto de romperse.
Y entonces se abrió.
Un camino rojo se abrió entre sus costillas.
La carne tembló, la sangre brotó,
Y de allí salió su corazón, todavía vivo, todavía latiendo.
Cada golpe contra el aire era un grito.
Un idioma.
El idioma que él nunca pudo pronunciar.
—Mamá… ¿por qué no me entiendes? —susurró el corazón, palpitando.
La mujer ahogó un grito y se arrodilló entre lágrimas.
—¡Hijo mío! Al fin has podido hablar.
—Madre… —dijo el corazón—, pero ¿acaso comprendes lo que intento decirte?
Ella sollozó, incapaz de responderle, y lo estrechó entre sus manos.
El niño ya no respiraba.
Pero su corazón seguía vivo, pronunciando un lenguaje extraño,
Uno que estremeció al pueblo entero.
Ese día, se habló de un milagro.
Pero nadie comprendió que lo que habían escuchado
No eran palabras humanas,
Sino el último recurso de un alma que quiso ser entendida.
Desde lo alto, la deidad sonrió.
Porque no había dado un don cualquiera:
No le había concedido “la voz”,
Sino el poder de desnudar la mentira en que vivían los hombres.
Los habitantes, que siempre creyeron comunicarse con palabras,
En realidad solo emitían un murmullo vacío:
Shhh… chzzz… blah…
Un ruido que confundía sus mentes,
Un eco sin verdadero sentido.
Eran sombras de un lenguaje,
Gestos huecos disfrazados de comunicación.
El niño había nacido distinto,
No por defecto, sino porque en él reposaba el lenguaje verdadero,
El que late en lo más profundo del ser.
Su silencio no fue nunca carencia,
Sino la única verdad.
Y ahora, al haber entregado su corazón,
Los hombres escucharon por primera vez una voz real.
Un idioma sin palabras,
Hecho de sangre, de amor y de dolor.
Pero ninguno pudo sostenerlo por mucho tiempo.
Les resultaba insoportable escuchar lo auténtico.
Así, pronto regresaron a su murmullo de siempre,
Convencidos de que aquella revelación había sido un prodigio pasajero.
Solo la madre, con su rostro empapado en lágrimas,
Mantuvo el corazón entre sus manos,
Y comprendió en silencio
Que el verdadero milagro
no fue que el niño hablara como los demás,
sino que los demás jamás habían sabido hablar.
Fin.



