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Lengua como puente y barrera

Por Raulimar Alejandra Abreu Bermúdez

ENSAYO 

Barrera lingüística o fronteriza: el idioma como tercer cuerpo en las relaciones interculturales 

LÍNEA DE INVESTIGACIÓN 

Psicología social, antropología y filosofía enfocada en relaciones interpersonales desiguales 

MARACAIBO - ZULIA – VENEZUELA 

2025

Dedicatoria:

Dedico este trabajo a la persona que es mi puente en los momentos de silencio, quien entiende que  el amor es un acto de traducción y me recuerda que el lenguaje no solo se estudia, sino que se vive.  Contigo comprendo que el amor y la amistad son los idiomas más universales.

Los vínculos entre personas de diferentes contextos constituyen espacios de intercambio donde  convergen historias, tradiciones y formas de interpretar el mundo. Cada encuentro implica un  proceso de adaptación y descubrimiento mutuo que va más allá de lo superficial. Este ensayo  analiza y cuestiona la veracidad de ese hecho, en cómo la comunicación y la comprensión  profunda influyen en la construcción de experiencias compartidas, explorando los desafíos y  aprendizajes que surgen al interactuar con perspectivas diversas. Se combinan referencias  académicas con reflexiones propias para evidenciar cómo la apertura y la atención consciente  pueden transformar la convivencia y generar nuevas maneras de conectar.

Lengua como puente y barrera: 

Las parejas interculturales representan un cruce de mundos, historias y lenguas. Son laboratorios  vivos donde se encuentran tradiciones distintas, formas de pensar divergentes y, muchas veces,  idiomas diferentes. 

En estos vínculos, cada conversación, cada gesto y cada intento de comprender al otro es un acto  de exploración y aprendizaje; compartir un idioma es un puente hacia la intimidad y la creación  de un universo compartido (Gadamer, 2004; Ricoeur, 2005). 

El verdadero desafío no es sólo aprender palabras, sino aprender a percibir el mundo con la  mirada del otro. Cada frase o gesto que entendemos es un pequeño acto de construcción conjunta  de significado; revela parte de la persona y su manera de habitar la realidad, transformando la  relación. 

Las parejas que rompen fronteras implementan la diversidad, fomentan la tolerancia y cuestionan  la estructura tradicional de las parejas a nivel social, familiar, económico y legal. Muchas de  estas parejas comienzan a frecuentarse sin conocer el idioma natal del otro o sin tener un idioma  en común; se atraen en base al físico, gestos, miradas, acciones y comportamientos que dejan  mucho a la imaginación, pero que poco a poco llegan a patrones comunes de actitudes que  permiten conocer a la persona, mientras que el habla queda en segundo plano.  

Solo las preguntas básicas a través de un medio sencillo son respondidas, como el traductor, el  idioma compartido que no es natal para ninguno o para ambos (Hall, 1959; Geertz, 1973). 

Analizar a tu pareja, interpretar sus silencios, expresiones y suspiros sin verbalizar genera  complicidad. Eso inspira a ver las relaciones interculturales como microcosmos de adaptación  global.

Las relaciones interculturales enfrentan desafíos específicos en torno al idioma. Datos recientes  muestran que el 31 % de las parejas interculturales en Estados Unidos reportan problemas de  comunicación debido a la lengua, lo que aumenta en un 19 % el riesgo de ruptura en  comparación con parejas intraculturales (The Global Statistics, 2024). Sin embargo, cuando las  parejas logran construir un espacio comunicativo compartido, alcanzan niveles de bienestar y  satisfacción similares a los de relaciones intraculturales (Sorokowski et al., 2024). 

Más allá de la intimidad, la lengua se convierte en un marcador de poder. En Taiwán, por  ejemplo, el 91 % de las cónyuges extranjeras provenientes del sudeste asiático son mujeres con  dominio limitado del mandarín, lo que afecta su integración social, laboral y afectiva (Global  Taiwan Institute, 2025). La lengua no es entonces neutra: es una frontera que marca quién tiene  acceso al espacio simbólico y quién queda relegado al silencio. 

Migración desigualdad y vínculos: 

Para nadie es un secreto el incremento de migración que no solo atraviesa la barrera de otro país,  sino también otros continentes, en busca de nuevas oportunidades, lo que hace que las personas  se abran y se adapten a nuevos ambientes y personas (United Nations, 2024; OECD, 2023). 

Quien migra lo hace, en muchos casos, por necesidad, lo que limita su capacidad de elección no  solo en lo económico y lo legal, sino también en lo afectivo y social. 

La falta de dominio del idioma genera un doble exilio: estar lejos de la tierra natal y no poder  expresarse con fluidez en la nueva. Pensar y traducir antes de hablar, sentir que nadie se interesa  por la lengua propia y convivir con la indiferencia lingüística del entorno produce una carga  emocional que afecta los vínculos: la insatisfacción no conectar con otra persona ya que los  ideales y culturas son distintos; muchas veces cuando se está en una cultura ajena por urgencia  en donde no eres entendido y no tienes un vínculo personal como pilar, genera resentimiento  social. 

La migración, en tanto proceso vital, acentúa las tensiones del lenguaje. El idioma se convierte  en una herramienta de inclusión o exclusión, de posibilidad o marginación. Según el British  Council (2023), un 54 % de las personas en Reino Unido evitaría un romance de vacaciones por  las barreras lingüísticas. Sin embargo, entre quienes las superan, el 63 % se motiva a aprender el  idioma de su pareja. Este dato sugiere que el esfuerzo por traducirse mutuamente no solo  mantiene vivo el vínculo, sino que también genera un proceso de transformación personal. 

En este contexto, muchos migrantes terminan aceptando lo mínimo. Se relacionan con nativos  que les ofrecen seguridad, apertura social o una guía práctica para integrarse, aunque no siempre  exista una conexión profunda. Aprenden desde una perspectiva cercana la nueva tierra en la que  residen y eso es suficiente, ya que el migrante pasa por una serie de eventos donde cuesta  reflexionar sobre el cuestionamiento de lo que realmente quieren en una relación y los roles de  esta, se está demasiado ocupado por sobrevivir, por echar raíces. 

Al migrante generalmente se le da un rol de subordinación, no sólo en términos legales de su  estatus, profesión, también en lo íntimo. El nativo suele tener el poder de la lengua, del contexto  cultural y del capital social, mientras el extranjero busca adaptarse humildemente a una jerarquía  que le es impuesta, intenta entenderse a sí mismo en una faceta completamente distinta y  desconocida. No es algo malo, pero puede ser algo de qué preocuparse ya que suelen olvidarse  de sí mismos. 

De forma recurrente encuentran consuelo en buscar sus comunidades, personas que entiendan  sus situaciones, como otros inmigrantes, quitándole el compromiso a su pareja de instruirse en el  idioma y cultivar desde la raíz algo tan importante como la cultura. 

Silencio, cuerpo y poder en la relación: 

No solo se destacan las diferencias culturales en tradiciones, leyes, normas sociales, valores y  creencias, sino también en lenguas y estilos de comunicación (Sapir, 1929; Whorf, 1956). 

El lenguaje no es únicamente transmitir información o expresar respuestas a preguntas; también  consiste en hacer consciente al otro de nuestras experiencias, batallas internas, creencias, valores 

y pensamientos, profundizando en ellos y dialogando de forma fluida sin tener que rebuscar  palabras o traducirlas. En el caso de las relaciones con combinación migrante/nativo, se puede  ver recurrentemente cómo se enfocan en el presente y en lo que se puede ver, en donde el  migrante se enfoca en aprender el idioma del nativo para tener un mejor un futuro en ese lugar a  nivel profesional y personal, pero el procedente aprende lo mínimo por mera diversión, no lo ve  como una responsabilidad tratar de entender a la pareja en todos los ámbitos. 

Cuando la pareja se enfoca solo en la práctica y la coexistencia corporal, el amor se reduce a  gestos automáticos (Ricoeur, 2005; Bajtín, 1986). 

Un dicho recurrente entre portavoces de este tipo de amor es: «Mientras los cuerpos se  entiendan, no hay idioma que valga» o «No es importante hablar la misma lengua, lo que importa  es comprender el accionar». Sin embargo, esto deja margen a malentendidos, irresponsabilidad,  falta de comprensión y empatía. 

El silencio en una pareja intercultural puede ser un refugio, pero también una condena. Estudios  en Kenia muestran que cuando los cónyuges no comparten una lengua familiar, la satisfacción  marital disminuye hasta en un 50 % (Wanjiru, 2023). El cuerpo, en este contexto, asume el rol de  mediador: las caricias, las miradas y los gestos se vuelven formas de traducción afectiva. Sin  embargo, incluso el cuerpo puede quedar atrapado en el desequilibrio de poder que impone el  dominio lingüístico.

Hay que valorar el silencio como el territorio de reflexión, al mismo tiempo como barrera que  puede separar vidas enteras. La vulnerabilidad se convierte en un arma de doble filo, entonces es  un deber cuestionar si es amor verdadero o sólo aceptación superficial del otro como deseo  corporal, esto delata que el silencio no es siempre complicidad: a veces es dominación disfrazada  de indiferencia, reconocerlo es perturbador pero necesario. 

El entendimiento de modismos, juegos de palabras y abreviaturas refleja un estilo de vida y un  método de comunicación que puede resultar complicado para el extranjero, obligándolo a adaptar  vocabulario o traducir conceptos que muchas veces no tienen equivalencia exacta (Sapir, 1929;  Whorf, 1956).

El dicho «mientras los cuerpos se entiendan» puede verse como romántico, pero también como  una renuncia al crecimiento mutuo del lenguaje de pareja, donde el lenguaje deja de  transformarse. Este mito invisibiliza la violencia simbólica de no aprender la lengua del otro. 

Esta lógica de poder se refleja también en expresiones como “mejorar la raza”. No solo se trata  de un mandato racista sobre el cuerpo, sino también de una colonización lingüística. El ideal de  hablar “bien” implica suprimir giros, acentos y lenguas que no encajan en los parámetros  dominantes, reproduciendo una violencia simbólica que blanquea el vocabulario y condena al  silencio las memorias culturales. Así, como en la conquista se sometió a los pueblos indígenas  imponiendo nuevas palabras, hoy se reproduce una forma más sutil de dominación que limita la  posibilidad de que el lenguaje de una comunidad trascienda en la intimidad y en la vida social. 

El tercer cuerpo como idioma compartido: 

El cuerpo es soporte, no sustituto del verbo (Hall, 1959; Geertz, 1973). Ignorar este “organismo  lingüístico” instala asimetría: se rechaza habitar el universo simbólico del otro, dejando el amor  incompleto y plagado de silencio (Bourdieu, 1991; Gadamer, 2004). 

La idea de que personas conectan a través de experiencias personales compartidas y simultáneas  proviene de conceptos psicológicos, es algo que emerge de la psicología social y del estudio de  las relaciones interpersonales. Un nativo tiene problemas independientemente de donde sea  originario, pero la mayoría de las veces no se conecta con las dificultades de un migrante  enfocado directamente en las carencias de su país de origen. Es el deber del migrante comunicar  y enseñar y deber del nativo comprender y tener la voluntad de aprender para que sea una  relación equitativa y fluida. 

El lenguaje es un organismo que crece o se debilita según cómo se use en los vínculos íntimos  (Ricoeur, 2005; Bajtín, 1986). La lengua dominante puede imponerse y asfixiar la otra,  convirtiéndose en metáfora de poder (Bourdieu, 1991). El silencio puede ser complicidad,  evasión o sumisión, y muchas relaciones sobreviven con comunicación mínima. Cuando solo el  cuerpo comunica, el lenguaje muere de inanición (Hall, 1959; Geertz, 1973).

Cuando no se domina el idioma del otro, se dificulta describir experiencias, sentimientos y  acontecimientos, creando barreras para establecer una línea de pensamiento concreta. 

Se ha discutido ampliamente que el lenguaje influye en la forma de percibir el mundo, el  pensamiento y el desenvolvimiento social. La cuestión es cómo las palabras limitan o amplían la  capacidad de comprender a otros. Aprender el idioma de otro no sólo es una técnica: es una  manera de expandir la visión de su realidad. 

Aprender el idioma del otro es un acto de amor y respeto: permite que ambas lenguas vivan en la  relación (Bhabha, 1994; Gadamer, 2004). Cuando ambos se esfuerzan por aprender, surge un  híbrido de palabras inventadas, chistes privados, acentos compartidos y códigos íntimos,  formando un tercer cuerpo, ni completamente de uno ni del otro, sino de ambos (Bhabha, 1994).  Comprender el idioma del otro es una ética del amor: cada palabra aprendida es un  reconocimiento de la historia, la memoria y la cosmovisión del otro (Gadamer, 2004; Ricoeur,  2005). 

El encuentro intercultural demanda una ética del lenguaje: reconocer que el idioma compartido  no pertenece enteramente a ninguno, sino que se construye como un “tercer cuerpo”.  Investigaciones recientes muestran que usar una lengua extranjera en la intimidad puede facilitar  la expresión emocional al liberar a las personas de las cargas afectivas de su lengua materna  (Kusev et al., 2024). Este hallazgo coincide con la experiencia de muchas parejas, donde el  lenguaje compartido no es el “más puro”, sino el más vivo, aquel que permite crear significados  nuevos. 

El amor intercultural nos recuerda que el lenguaje es más que palabras: es frontera, es puente, es  herida y es cicatriz. La comunicación no se limita a la transmisión de información, sino que  revela nuestras luchas internas, nuestras memorias y nuestros deseos. Respaldan esta idea tanto  las estadísticas que muestran los riesgos de incomunicación como los estudios que destacan el  potencial transformador de la lengua. 

La tarea ética, entonces, no es eliminar la diferencia, sino habitarla. Traducirse mutuamente es un  acto político y poético: no solo aprender a decir “te amo” en otra lengua, sino descubrir que, al  decirlo, el amor mismo se vuelve mestizo.

La convivencia entre individuos de trasfondos distintos revela que la comprensión mutua  requiere más que simple intercambio de información: demanda dedicación, curiosidad y  disposición a ajustarse al otro. Las investigaciones resaltan las dificultades y ventajas que  implica aprender a interpretar códigos, símbolos y matices culturales, mientras que las  reflexiones personales muestran que cada esfuerzo de compresión fortalece el entendimiento y  enriquece la experiencia compartida. Al valorar las diferencias y esforzarse por construir  espacios de comunicación auténticos, se logra un desarrollo conjunto que va más allá de la  simple convivencia, creando momentos de conexión profunda y significativos aprendizajes de  vida.

Bibliografía:

Bhabha, H. K. (1994). The location of culture. London: Routledge. 

Bourdieu, P. (1991). Language and symbolic power. Cambridge, MA: Harvard University Press. 

Gadamer, H.-G. (2004). Verdad y método (2.ª ed.). Salamanca: Sígueme. (Obra original  publicada en 1960) 

Hall, E. T. (1959). The silent language. Garden City, NY: Doubleday. 

Geertz, C. (1973). The interpretation of cultures. New York: Basic Books. Ricoeur, P. (2005). Sobre la traducción. Barcelona: Paidós. 

Bajtín, M. (1986). Problemas de la teoría del discurso. México: Siglo XXI. 

Sapir, E. (1929). The status of linguistics as a science. Language, 5(4), 207–214.  https://doi.org/10.2307/409588 

 

Whorf, B. L. (1956). Language, thought, and reality: Selected writings. Cambridge, MA: MIT  Press. 

 

United Nations. (2024). International migration 2024: Highlights. New York: UN DESA.

 

British Council. (2023). Brits avoid holiday romance due to language barrier.  https://www.britishcouncil.org/contact/press/brits-language-barrier-holiday-romance 

 

Global Taiwan Institute. (2025). Lost in translation: Language barriers in Taiwan’s multicultural  marriages. https://globaltaiwan.org/2025/06/lost-in-translation 

 

Kusev, P., van Schaik, P., & Ayton, P. (2024). Language and intimate communication: A review  of cross-cultural findings. Journal of Social and Personal Relationships, 41(2), 231–250.  https://doi.org/10.1177/02654075241228791 

 

Sorokowski, P., et al. (2024). Intercultural and intracultural couples: Relationship satisfaction,  commitment, and wellbeing. International Journal of Intercultural Relations, 94, 101876.  https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0147176724001834 

 

The Global Statistics. (2024). Intercultural marriage divorce rate.  https://www.theglobalstatistics.com/intercultural-marriage-divorce-rate 

 

Wanjiru, L. (2023). Influence of language on marital satisfaction among couples in intercultural  marriages: Kiambu County, Kenya. African Journal of Family Studies, 12(1), 45–60.  https://www.researchgate.net/publication/372472735

Rula es una joven de 21años venezolana entusiasta por la escritura e investigación. Se distingue por una escritura que combina reflexión crítica y sensibilidad creativa. Su obra se centra en temas principales: política, identidad, emociones, sociedad. Explorando con rebeldía e innovación las tensiones entre lo personal y lo colectivo. Como autora, no se limita a narrar, sino que busca cuestionar lo establecido, abrir debates y ofrecer nuevas perspectivas. Su estilo se caracteriza por rasgos: claridad, fuerza expresiva, mirada crítica, lo que la convierte en una voz emergente con una propuesta fresca y provocadora

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