Sin Título
Por Zury Mejia
Soy invierno perpetuo,
jardín donde las flores nacen
marchitas,
río que se devora a sí mismo
en un cauce de espejismos
rotos.
Hay un peso en mi carne que
nadie sostiene,
un murmullo de vacío que me
nombra,
una herida tan antigua
que se confunde con mi piel.
Difícil es asirme,
pues soy filo que hiere a
quien me roza;
difícil es contenerme,
pues soy agua que escapa
aún entre rocas.
No soy ternura,
sino umbral deshabitado,
cicatriz que palpita sin
redención.
Así me sé:
inconclusa, extraviada,
un secreto que arde
demasiado
para ser pronunciado sin miedo.
Y en la certeza amarga de mi
existencia,
resuena una sentencia sin
tregua:
soy difícil de amar,
porque mi alma no conoce
reposo,
y mi corazón
nunca aprendió a ser
estrecho.
En mí germina la
imposibilidad:
soy raíz que nunca toca
tierra,
cielo sin astros,
palabra mutilada antes del
aliento.
Mi ser es un exilio perpetuo,
una nación en ruinas
donde la esperanza no funda
ciudades.
Soy clausura y soy umbral,
una paradoja erguida
sobre la arena movediza de
mi propio pecho.
Quien intente descifrarme
hallará pergaminos
húmedos,
sílabas rotas,
rostros desvanecidos en
vitrales sin templo.
Yo misma me extravío
en la sangre de mi cuerpo,
donde cada latido
es la rama de un libro que
muere por ser leído.
Mi promesa no escapa del
después,
aunque la causa sea ceniza,
el eco que vuelve vacío
aunque todos los nombres lo
invoquen.
Difícil de ser,
más difícil aún de ser amada;
soy destino sin mapa,
voz sin herencia,
silencio que jamás aprendió
a florecer.
Y mientras la vida insiste en
sostenerme,
yo me sé condena,
me sé ruina,
me sé imposible.



